De la maqueta a la realidad

Por Sergio González Rodríguez

17 de septiembre de 2014

Apenas repuestos del enorme embate mediático que implicó la presentación del proyecto del nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM), pueden distinguirse dos aspectos que, por el peso político-cultural que conllevan, trascienden atributos urbano-arquitectónicos y ubican el alcance actual y futuro del proyecto.

Consciente de que una obra de tal tamaño implica un debate público que, como otras veces, pudiera obstaculizar su emplazamiento y realización, el gobierno federal se propuso un camino inverso al de sus antecesores: eliminó cualquier prolegómeno y lo presentó como un hecho concluso, aunque apenas inicie su desarrollo, desde lo financiero hasta la ingeniería que se requiere para salir adelante.

En otras palabras, y con el fin de asegurar de nuevo una percepción positiva a su anuncio, dicho proyecto se presentó como un acto-campaña de mercadotecnia y bajo el modelo comunicativo de un caso de manejo de riesgos que se anticipase a las críticas posibles.

Asimismo, se expuso en tanto ejemplo de la mentalidad reformista-globalizadora que el gobierno federal quiere transmitir al mundo, justo en el momento en el que, al margen de los intereses del gran capital internacional, ese tipo de propuestas es objeto de serios cuestionamientos y desestimaciones desde la crisis económica del 2008.

El proyecto del nuevo AICM obedece a una inercia anacrónica no sólo en cuanto a su concepto y realización, sino en lo que atañe también a su diseño, que al menos en la maqueta y fundamentos teóricos repite el estribillo de la sustentabilidad. A cambio de informes imparciales sobre el impacto ambiental se reitera, por ejemplo, el mensaje de su ingeniería que rescatará con obra hidráulica un entorno degradado, al igual que reordenará el “desarrollo del Valle de México”.

El mapeo de 14 “polígonos” alrededor del nuevo AICM se inserta en la lógica de la especulación inmobiliaria de aquella zona bajo el esquema de negocios e intereses compartidos entre gobernantes y desarrolladores. Y ante las preguntas acerca de las contradicciones y dificultades de por medio, que se vinculan a lo ecológico, lo urbano, lo laboral, la vivienda, el transporte, etcétera, sólo se escucha otro estribillo: la complejidad del proyecto obliga a que “nuestras ideas tengan que ser mejores”. Es decir, impera la improvisación y el pragmatismo, como tantas otras veces en la historia moderna de México cuando se trata de obras públicas de alcance generacional.

El grupo arquitectónico Atopia de Nueva York planteó tiempo atrás una lección importante que vale la pena reflexionar en torno del nuevo AICM: “Demandamos terminar con la brutal explotación y las condiciones económicas de los pueblos del mundo que facilitan el internacionalismo de los flujos financieros, las leyes de inversión, el beneficio y la distribución elitistas de la riqueza, los medios de comunicación y el dominio militar”. Y añadió: “Los arquitectos y diseñadores ha desperdigado demasiado tiempo al servicio de las élites más poderosas haciendo que sus vidas sean mejores” (Urban Manifestos, MAK, 2010). Ahora, se reitera en México la fórmula: asuntos públicos son negocios privados. En nombre de la inversión y el empleo, todo vale.

El proyecto del nuevo AICM es una muestra del mayor poder del mundo global que somete lo local a sus decisiones y usos verticales, los cuales estimula el gobierno federal. Ni deliberación pública ni consulta abierta con expertos. ¿De qué sustentabilidad se habla? ¿Dónde está la cooperación sistemática respecto de la meta de sustentabilidad definida? Las preguntas se acumulan, mientras la propaganda mercantil se impone como signo de excelencia.

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