Frustración institucionalizada

Por Federico Reyes Heroles

17 de septiembre de 2014

La de secas y la de lluvias. La árida, cuando los mares se enfrían, las nubes se alejan, los cielos se abren y el amarillo y los ocres invaden casi todo nuestro país. Es entonces cuando se inicia una travesía de seis meses sin que la lluvia nos visite con ritmo y sistema. Habrá, eso sí, apariciones sorpresivas como los “nortes” en el Golfo de México o en la Península de Yucatán. Tendremos que esperar hasta finales de la primavera para que de nuevo en el firmamento se asomen cautelosos, débiles, los primeros manchones blancos. Son el anuncio de que los mares se evaporan, de que la humedad viajará hacia el centro, de que los cielos se cerrarán de nuevo y los blancos se volverán grises peligrosos. Las lluvias vestirán al país de verde. Pero sólo unos meses.

La de secas y la de lluvias. La tajante división no es mía, es de Rulfo, así describió a su país. Primavera, verano, otoño e invierno por supuesto que señalan mucho. Las jacarandas florecen en primavera y los fresnos tiran su hoja en el otoño y en el invierno cae nieve en el norte del país. Pero Rulfo, el mismo que afirmó que las casuarinas silban con misterio, acertó en su lectura. Explicar el verano lluvioso a un europeo puede ser un trabajo complejo. Por las mañanas el sol rugiendo y por las tardes la lluvia que nos libera de calores, sobre todo en el Altiplano. Estamos por salir de las lluvias. Por donde vaya uno todavía México está disfrazado de verde. En cuanto entren los primeros vientos fríos y las primeras heladas iremos de nuevo a los ocres, a los amarillos sedientos.

Estamos acostumbrados a esta forma de ser. Desbocados depredamos bosques y selvas, el terrón se afloja, la tierra, la capa vegetal, viaja incontenible en hilos de agua que se convierten en riachuelos que se transforman en ríos para depositar esa incuantificable riqueza en el inacabable mar. ¿Por qué los ríos en México son cafés?, me preguntó un alemán cuando viajábamos hacia Cantona en Puebla. Por un momento me quedé sin palabras. Después lancé la obviedad, porque llevan tierra que no cuidamos. Empeñados en producir granos cuando sólo alrededor del 3% del territorio tiene esa vocación, vemos como normales esas parcelas de temporal que son el grillete de millones de mexicanos. Allí está la milpa triste, que es lo más común, poblada con un raquítico maíz amarillento que dará, en muchas zonas, menos de una tonelada de cosecha y a veces nada. En los países cerealeros el promedio se acerca a las diez toneladas.

Pero lo más grave no se mide en kilos. Detrás de esas milpas están millones de mexicanos obligados por ley a apostarle a los caprichos del cielo. Si una lluvia tempranera los engaña, llevarán el grano a esa tierra delgada y pobre que ya ha sido labrada. Y después las lluvias se pueden ir y quizá regresen cuando ya es demasiado tarde. En ocasiones el campesino volverá a sembrar con la esperanza de coincidir con las lluvias, pero igual una helada traviesa de finales de septiembre congelará la mata y la matará. Sólo quedará el rastrojo para el escuálido ganado que miramos por todas partes. Ese pequeño ahorro de cuatro patas que se alimenta de lo que puede. “O patas o matas”, reza el dicho, donde hay ganado nada florece o se reproduce de manera natural. En México alimentamos reses, cabras, chivos y lo que sea con retoños de árboles que podrían ofrecer un mejor futuro para todos.

Los kilos por hectárea son lo de menos, la depredación sistemática es muy grave. Pero lo peor es la frustración de millones de ejidatarios y comuneros que siembran a sabiendas de que cosecharán su miseria ancestral. Por eso ya la mayoría de los campesinos mexicanos no vive del agro, se emplean en pequeños comercios, como albañiles, plomeros o lo que sea. Por eso la gran mayoría de la población considerada rural ya tampoco vive del agro. Tenemos que releer a México en sus verdaderas vocaciones porque la primera mitad del siglo pasado estuvimos empecinados en mantener a la mayor porción posible de mexicanos del agro y retenerlos en el campo. Allí deberían ser felices, así se decretó desde el centro y entonces se repartieron tierras negadas para los granos, pero con otras vocaciones: boscosas, ganaderas, para frutas y legumbres que ahora exportamos.

Esa relectura supone primero un acto de honestidad. ¿Para qué sirven nuestras tierras? Y, quizá lo más importante, ¿para qué no sirven? Que caiga otro tabú. Deberemos observar qué han hecho otros países con su agro, encontrar nuevos cultivos y tecnologías adecuadas para que el nuestro sea productivo y la frustración de millones se transforme en orgullo y ganas de vivir. Y la solución de fondo no es meterle dinero bueno al malo. Incremento de subsidios de todo tipo, fertilizantes baratos, semillas mejoradas, etcétera. Venimos de esa fórmula fracasada. Es un barril sin fondo, una aspirina que no cura. Por eso cuando Peña Nieto dice que se acabó la etapa de reformas, no se puede estar de acuerdo. Que 2015 sea tregua es comprensible, aunque no deseable. Falta el agro, falta sacar a millones de la frustración maicera.

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