México y la muerte desde la claridad, la compasión y la audacia

Por Blanca Heredia

17 de septiembre de 2014

Se necesita chutzpah, esto es: audacia y arrojo para animarse a escribir un libro sobre la relación entre la muerte y México. ¿A quién pudiera ocurrírsele la osadía de hacerlo? Por lo visto, a Claudio Lomnitz.

Hacía tiempo que sabía que tenía que leer Death and the Idea of Mexico y finalmente se dieron las condiciones. Se me dio la ocasión matando el tiempo en un hotel en Ciudad Juárez, Chihuahua. Curioso, ¿no?, en Juárez, of all places. En ese punto en el mapa –hasta hace poco– conocido por propios y extraños como la capital mundial de la muerte violenta y el miedo tiritante en los huesos.

La muerte, nos dice el libro, es la seña de identidad fundante y fundamental de esa cosa llamada “México”. Claudio Lomnitz puede verlo porque está afuera, pero también adentro. Para los que sólo estamos adentro la posibilidad de verlo es más complicada. En parte por el miedo que nos da la muerte violenta –hoy por hoy, tan presente y probable–. En parte, porque el amasijo muerte-identidad resulta siempre, y se conjugue como se conjugue, tremendamente complicado.

Lomnitz vierte sobre ese amasijo una claridad asombrosa. Mirada luminosa que diseca, escudriña y me obliga mirar de nuevo. Dedos magistrales, casi invisibles, que me hacen sentir que soy yo la que sacude el retrato inerte de sangre a raudales y le da vida. Aullidos mudos de dolor, horror petrificado, muerte seca e inerte cobrando vida. Vértigo violento aderezado de ironía, azúcar y risa. Oscuridad alumbrada por unos ojos sabios, amorosos y bien abiertos. Ojos que humanizan a las víctimas y también a sus victimarios porque y entre otras cosas, sin desdeñar las cifras, las remontan.

De ahí venimos, eso somos. Enfrentamiento hecatómbico, muerte, pecado, ironía, negación y fiesta. Purgatorio, infierno, amnesia recurrente y memoria que, improbablemente, persiste. Unas cuantas citas del libro:

“México, una nación que desciende de enemigos mortales…”

“…la alegre familiaridad con la muerte acabó siendo la piedra angular de la identidad nacional.”

“La combinación y euforia de los sacerdotes por sus poderes de salvación y su ansiedad e incomprensión ante los designios de Dios en medio de la completa destrucción de las Indias revela cualidades fundadoras del Estado colonial: su firme confianza en la capacidad para sembrar la devastación absoluta y sus limitados medios para administrar a una población subyugada.”

Leer a Lomnitz pensando sobre mi país y su vínculo genético (y evolutivo) con la muerte (abundantísima, omnipresente, violentísima) me hace pensar en que a cada generación de mexicanos le ha tocado hacerse cargo de esa historia nuestra, a un tiempo horrorosa, sublime e impresionantemente rejega a la desaparición completa. La idea me conmueve y me lleva a compadecerme –en el mejor sentido posible– de todos aquellos que nos precedieron en eso de “hacer patria” a partir del tiradero de sangre, retazos de piel y amnesia anestesiante que heredaron.

Le toca ahora a nuestra generación –tan dificultosamente a caballo entre un pasado de simulaciones comunitaristas cínicas y yoísmos presentistas y futuristas inciertos– mirar el punto de partida y sus contorsiones y convulsiones a lo largo del tiempo, sin escapismos. Nos toca, en suma, hacer nuestros la violencia chirriante, el caos fuera de control, la enemistad radical, la simulación macabra y gozosa, y el miedo punzante del que venimos. Darle a todo ello forma y sentido: dignidad y honor capaces de plantar cara y futuro.

Libro imprescindible. Libro que habrá de leerse en 100, 200 y más años. Texto a leer con el cinturón de seguridad y las ganas de futuro bien puestos. Libro sobre la muerte que es la puerta posible a una vida en primera persona del plural (la nuestra) que valga la pena.

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