La tecnología que nos aisla

Por Evgeny Morozov

5 de octubre de 2014

A comienzos de septiembre, Verizon, uno de los principales operadores de móviles de Estados Unidos, dio discretamente a conocer un nuevo servicio llamado Auto Share. Su lanzamiento está previsto para finales de año y convierte en algo trivialmente fácil reservar y abrir un coche de alquiler por medio de un teléfono inteligente: basta con escanear y validar un código QR que hay en el parabrisas. En realidad, esto es algo que puede tener repercusiones de gran alcance: ahora cualquier empresa de nuevo cuño podrá recurrir a la infraestructura de Verizon, basada en una ubicua conectividad y en la geolocalización, para responder a la oferta y la demanda, en tanto que la propia Verizon proporcionará lucrativos servicios de verificación y bloqueo. Verizon confía en acabar extendiendo a otros sectores, posibilitando el intercambio de cualquier artículo —ya sean taladradoras de gran potencia, ordenadores portátiles o pisos— mediante un bloqueo electrónico. De este modo, Verizon se une a la nutrida lista de paladines del “consumo colaborativo”, al insistir en que “la gente de hoy en día está optando por una sociedad colaborativa, que le permite conseguir lo que quiere en cuanto lo quiere”. ¡Se acabaron las cargas del propietario!

A pesar de que no se deja de hablar de perturbaciones radicales y de desin-termediación, servicios como Auto Share ponen de relieve que la digitalización cobra impulso gracias a una nueva serie de poderosos intermediarios a los que será mucho más difícil perturbar. Pensemos en Facebook, que proporciona a muchos de los servicios agrupados bajo el epígrafe de “economía colaborativa” una fiable infraestructura de comprobación de la identidad que nos permite verificar que somos quienes decimos que somos cuando, por ejemplo, hacemos reservas de alojamiento a través de Airbnb. Facebook ofrece un servicio gratuito a Airbnb —llamémoslo “identidad a demanda”— y Verizon quiere dominar otro similar: “el acceso a demanda”.

En el teléfono inteligente, con sus espabilados sensores y una conectividad siempre dispuesta y fiable, es donde se superponen todas esas capas. Por ejemplo, una empresa como Uber sería impensable sin el teléfono inteligente y sus sensores, que actúan en tiempo real, siempre listos para ubicar exactamente un coche en un mapa virtual. La aparición de aplicaciones inteligentes como Auto Share sugiere que, en lugar de ponerle un sensor a todos los objetos —como postulan los defensores del Internet de las Cosas—, basta con colocarles un código QR y dejar que sea un mecanismo centralizado —un teléfono inteligente— el que regule los sensores. No está claro qué visión se impondrá: la del Internet de las Cosas Inteligentes o la del Internet de las Cosas Tontas Conectadas a través de Teléfonos Inteligentes. Dada la reciente incursión de Apple en el pago mediante móvil, parece sensato apostar por la segunda.

El propio nombre de Auto Share [Autointercambio] tiene un inquietante doble sentido: no sólo alude a la facilidad con la que podemos “compartir” automóviles, sino al hecho de que gran parte de ese proceso se hace de manera automática. Ahora, nuestras más queridas posesiones pueden volver al mercado sin un gran esfuerzo por nuestra parte. Ya no necesitamos visitar el típico bazar: el mercado nos encontrará en la comodidad del hogar, haciéndonos una oferta que no podremos rechazar. De ese modo, el rápido desarrollo del consumo colaborativo lo puede explicar una capacidad tecnológica recién descubierta por el capitalismo: la posibilidad de convertir cualquier producto que al comprarse se retiró del mercado en un objeto rentable que en realidad nunca deja ese mercado.

En la peor de sus manifestaciones, esta economía colaborativa nos convierte en incesantes buscavidas, consolidando nuestro vínculo con el mercado global. Según este mandato colaborativo, todo lo que poseemos, desde los activos tangibles a los pensamientos intangibles, debe clasificarse y contar con algún tipo de identificador único como el código QR. Cuando alguien en algún lugar —podría ser el vecino de al lado o una compañía publicitaria de otro continente— muestre interés en “solicitar” un artículo que encaje en la descripción del que nosotros tenemos, nuestro teléfono nos informará de la oferta, enfrentándonos a todos los demás “microempresarios” con perfiles de propiedad similares. Una vez que aceptemos, el resto será logística: un dron o un coche robótico se pasará por casa a recoger el artículo —todavía más fácil es transportar emociones y pensamientos— y el pago nos llegará sin problemas al teléfono inteligente.

Para algunos, esta es una tentadora propuesta: no sólo nos ayudará a combatir el exceso de consumo, sino que a los que se benefician de la “economía colaborativa” les proporcionará la estimulante sensación de gozar de una eterna juventud. Al final podremos librarnos, de una vez por todas, de las trampas habituales de la aburrida existencia de clase media: no habrá necesidad de sentar la cabeza, de tener una casa, de comprar un coche, de llenar el sótano de ruidosos electrodomésticos. Todo estará ahí, en la nube, esperando a que lo alquilemos y nos lo entregue un dron.

Poco puede sorprender que esto le resulte atractivo a tanta gente: los corifeos de la economía colaborativa tienen una sorprendente capacidad narrativa. Su talento para retorcer argumentos compite con el de Steve Jobs. Por ejemplo, el principal ideólogo de lo “colaborativo” en Airbnb es Douglas Atkin, también autor del libroThe Culting of Brands [El culto a las marcas], un superventas de 2004 que enseña a los directivos a consolidar sus empresas aprendiendo de las sectas. El lobby colaborativo tiene su propio núcleo de defensores: se llama Peers.org y se presenta como una asociación popular (poco importa que surgiera con el beneplácito de empresas como Airbnb, Lyft y TaskRabbit). De alguna manera, Silicon Valley nunca consigue perturbar a los grupos de presión.

Pero el gran problema de estos relatos optimistas y utópicos —de los que la retórica de Verizon respecto a Auto Share no es más que un ejemplo— es que racionalizan las patologías del actual sistema político y económico, presentándolas como opciones vitales conscientes. Está bien poder elegir entre alquilar o poseer, pero mucha gente debe conformarse con “alquilar”.

Ante el enorme desempleo juvenil, el estancamiento de la renta y los estratosféricos precios inmobiliarios, la economía colaborativa actual funciona como una especie de varita mágica. Los que ya son propietarios de algo pueden sobrevivir convirtiendo su malestar en dinero: por ejemplo, de vez en cuando pueden hacer un poco de caja alquilando sus pisos, mientras ellos se quedan con parientes. Los que no tienen posesiones, pueden disfrutar ocasionalmente de un atisbo de buena vida: erigida por completo sobre bienes que no poseen.

Igualmente risibles son los supuestos beneficios medioambientales de la economía colaborativa: mientras se nos pide que compartamos el coche con los vecinos —¡es más barato y ecológico!—, los ricos siguen disfrutando de yates, limusinas y aviones privados, y los auténticos agentes contaminantes —las empresas petrolíferas y los gigantes del gas— se van de rositas después de cometer delitos aún peores.

No cabe duda de que la economía colaborativa puede hacer más soportables las consecuencias de la actual crisis financiera (y probablemente lo haga). Sin embargo, al fijarse en las consecuencias, no hace nada para combatir las causas. Es cierto que, gracias a los avances de las tecnologías de la información, algunos podemos por fin arreglarnos con menos, sobre todo confiando en una distribución más eficaz de los recursos existentes. Pero esto no tiene nada de encomiable: es como entregarle a todo el mundo tapones para los oídos para evitar al intolerable ruido callejero, pero sin combatir el propio ruido.

Los tapones de nuestra generación son los sensores, los teléfonos inteligentes, las aplicaciones. Es bastante revelador que ya no percibamos hasta qué punto eliminan de nuestra vida cualquier mínimo atisbo de política: el precio que pagaremos por esa dosis de comodidad instantánea será la sordera ante la injusticia y la desigualdad, y, sobre todo, ante nuestra propia y lamentable situación.

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