La convención

Por Roberto Zamarripa

6 de octubre de 2014

La noche del 14 de octubre de 1914 ante un Teatro Morelos repleto, en el centro de Aguascalientes, el general Antonio Irineo Villarreal describió la circunstancia: “aniquilados nuestros tres principales enemigos: el privilegio, el clericalismo y el militarismo, podremos entrar de lleno al período constitucional que todos anhelamos…que quede reducido el fraile a su iglesia, el soldado a su cuartel, en tanto que el ciudadano, Dios de la República, quede en todas partes”.

Minutos antes se había declarado Soberana la Convención Revolucionaria de Aguascalientes, de la que Villarreal, un liberal nativo de Lampazos, Nuevo León, era presidente, y que congregaba a los caudillos militares de la Revolución.

La Convención marcó un hito. Celebrada entre el 10 de octubre y el 14 de noviembre, nombró a Eulalio Gutiérrez (“el generalote revolucionario, sencillo, inteligente y honesto”, como calificó José Vasconcelos) presidente de un gobierno de transición cuya duración no fue mayor a un año y promovió un programa de reformas políticas y sociales.

Elegida por su neutralidad y ubicación, Aguascalientes pronto vio alterada su apacibilidad con la llegada de tropas y delegados.

“La estación (de ferrocarril) y sus extensos patios estaban convertidos en campamento. Los trenes militares se movían constantemente por ahí. Unas torres altas inalámbricas indicaban el sitio del cuartel de Villa”, narró Salvador Gallardo a la periodista Leticia López (Un suspiro fugaz de gasolina. Los murmullos estridentes de Salvador Gallardo. ICA 1998).

A la Convención la constituía el poder de los caudillos pero su propósito era, paradójicamente, aminorarlo.

Los delegados firmaron al inicio sobre la bandera como señal de acatamiento a los acuerdos. Firmó Obregón y también los carrancistas. Firmó Villa quien ingresó vitoreado al Teatro Morelos, según reseñó Vito Alessio Robles en su libro La Soberana Convención Revolucionaria, y simplemente dijo en tribuna: “Francisco Villa no será vergüenza para todos los hombres conscientes, porque será el primero en no pedir nada para él”.

Hubo de todo. Eternos debates de si los delegados podían irse y dejar encargado su voto (los juanitos en ciernes); o si debían permanecer los guaruras que traían de a montón los generales. Eso sí, una decisión pasó expedita: una dieta de 50 mil pesos para cada convencionista que en realidad eran cañonazos enviados por Carranza para amansar a los delegados de una Convención de la que el coahuilense renegaba.

Los zapatistas llegaron el 27 de octubre a Aguascalientes. Antonio Díaz Soto, liberal potosino convertido al zapatismo, hizo un discurso de escándalo. Pasó a tribuna y tomó de una punta la bandera firmada por los delegados. “Este estandarte al final de cuentas no es más que el triunfo de la reacción clerical encabezada por Iturbide”, clamó provocadoramente.

Según Martín Luis Guzmán en ese momento “300 pistolas salieron entonces de sus fundas; 300 pistolas brillaron por sobre las cabezas y señalaron, como dedos de luz, el pecho de Díaz Soto, que se erguía más y más por encima del vocerío ensordecedor y confuso…” (El águila y la serpiente. 1928).

La presencia de los zapatistas, así de estridente, provocó que el Plan de Ayala fuese asumido por los Convencionistas. Fue su triunfo.

El programa de reformas de 38 puntos que produjo ya con el gobierno provisional tenía en el centro la igualdad económica y social, libertades políticas (voto directo, combate al fraude, supresión del Senado e instauración del parlamentarismo); un acento educativo fincado en la enseñanza popular y la emancipación de la mujer.

Al final Obregón y Carranza traicionaron; derrotaron militarmente a los defensores de la Convención para promulgar la Constitución de 1917 sobre las cenizas de ese encuentro.

La Convención de Aguascalientes que reunió a los representantes de “la gleba dolorida y hambrienta” como definió Villarreal, sigue siendo referencia incómoda.

La traición resultó cara. Y lamentablemente eso es lo que en México se celebra. Eso puede explicar, un siglo después, el silencio y la falta de memoria.

 

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