Poder y desastre

Por Roberto Zamarripa

6 de octubre de 2014

Septiembre me gustó pa’ que te mojes. Todavía no sanciona a los culpables de los efectos criminales del huracán “Manuel” en Acapulco y el gobierno de Enrique Peña tiene que atender una nueva emergencia derivada de “Odile” en Baja California Sur.

La impunidad es pésima consejera. Si en Acapulco no ha habido castigo alguno, cuál es la razón para prevenir y salvar en cualquier otro lugar.

Los desastres exhiben: en septiembre tras los sismos de 1985 las manos de los damnificados salvaron vidas. Ése era el signo. Entre vecinos se daban la mano. Y, desde entonces, ya hay alarmas sísmicas.

En 2014, el Meteorológico se queda afónico con sus avisos de huracanes, los funcionarios, sordos, duermen y las manos damnificadas roban, no salvan.

La vía que va de Cabo San Lucas a San José del Cabo lució la noche del martes abarrotada de vehículos llenos de mercancía robada y filas de personas llevando en sus hombros hasta comida para perro. “¿Esta no se la esperaban, verdad? ¡Pues manden ayuda!”, gritaron a los militares jóvenes. (“Pelean por víveres”. Nota de Benito Jiménez. Reforma 18/09/14).

Es mínima la esperanza de recuperación ante la casa arrasada, los bienes perdidos y los hoteles, supermercados y restaurantes destrozados (fuentes de empleo).

El saqueo redime y roban personas de todos los estratos sociales.

La rapiña es mimetización. Robo porque nadie me castiga. Porque así es acá, todo se arregla con el despojo, el abuso, la ley del más fuerte. Así se logran los permisos para los hoteles, así se falsean las manifestaciones de impacto ambiental, así me apodero de un mayor pedazo de arena para mi negocio.

¿Cumplían los hoteles dañados sobre la playa los requisitos básicos de construcción? ¿Cumplían los asentamientos de la gente pobre los requisitos para las viviendas, la dotación regular de servicios, la adecuada comunicación con las zonas prósperas?

Si no hay gobierno en las temporadas normales, menos lo habrá en las de emergencia.

“No es posible, ve la hora que es y no tengo ni agua ni alimentos”, explotó el Secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong. (Reforma 17/09/14).

Ya llegó por quien lloraban. El presidente Enrique Peña viaja a Baja California Sur dos veces en 72 horas después del impacto de “Odile”.

“Estamos aquí solamente para decirles que no están solos”, dice en un discurso improvisado ante la aglomeración de damnificados. Ahí sus secretarios informan que hay vigilancia para evitar rapiñas, que los impuestos serán condonados y que hay una fuerza extraordinaria de trabajo restableciendo el servicio eléctrico que tiene a oscuras y sin agua potable a la gente.

A cuatro días de la tragedia apenas había 50 por ciento de servicio de luz y agua en La Paz y 20 por ciento en Los Cabos. Se entregaron 13 mil 500 despensas y más de 24 mil botellas de agua, nada más que son 238 mil los damnificados.

A mayores daños, ha de suponerse, mayor necesidad de presencia del Presidente. En realidad, a mayor poder presidencial, menor poder local.

Si el Presidente soluciona es porque el gobernador y los alcaldes no existen. Baja California Sur ha sido gobernado por opositores al PRI durante quince años. ¿Es un mejor estado? Al parecer no. “Odile” sacó a flote sus trapitos.

“La gente viene por lo que sobró de la rapiña: estantes, zapatos impares, lo que encuentre, está desesperada. Nomás falta que a alguien se le ocurra quitar el azulejo de la tienda para sus casas”. (Reforma 18/09/14).

Rascaron la tierra para sacar agua; ordeñaron los depósitos de las gasolineras; tomaron hasta la última fritura del supermercado.

El poder presidencial se agiganta en los desastres como el magnánimo dador pero ése no es un síntoma de institucionalidad sino una disrupción. El poder ante el desastre es en realidad el desastre del poder.

Sale más cara la improvisación que la prevención. Urge una reinstitucionalización de las políticas de prevención con sanciones y obligaciones para funcionarios responsables de todos los niveles. Una política participativa y no paternalista, con brazos trabajando y no robando.

 

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