Lecciones de economía

Por Juana Inés Dehesa

25 de octubre de 2014

La opinión que se tiene de los economistas, si me preguntan, puede clasificarse en dos grandes grupos: quienes piensan que son todopoderosos y omniscientes (grupo compuesto mayoritariamente por economistas, qué curioso) y quienes piensan que a ellos pueden achacárseles gran parte de las miserias y angustias del mundo (casi todos los demás). En algún punto intermedio nos encontramos, supongo, quienes como yo no estamos del todo seguros: por un lado, dan mucha lata; insisten siempre en que las regresiones son fascinantes y necean con que uno las entienda, y plantean cualquier cosa, hasta la compra de palomitas en el cine, en términos de costo-beneficio. Por otro lado, sin embargo, tienen hipótesis perfectamente absurdas que cualquiera con cierta inclinación al disparate encuentra fascinantes; quién no disfruta, por ejemplo, una teoría que vincula el consumo de chicle bomba en Caracas con la devaluación del florín húngaro, la desaparición de las combis del mercado europeo con la deforestación del Amazonas, o algún perfecto y -dicen ellos, aparente- dislate por el estilo.

A principios de esta semana se anunció que el destinatario del premio Nobel de Economía era un francés, Jean Tirole. La prensa de su país, que ya de por sí venía de darse vuelo con el premio de literatura, inmediatamente le cayó encima y le arrebató una serie de declaraciones donde se lanza a dictaminar qué tendría que hacer su gobierno para enderezar un poco el rumbo de su naufragante economía. Dijo Monsieur Tirole, y creo que en esto los mexicanos tendríamos algo que aprender, que para que su país saliera adelante tendría que invertir en la educación y en la economía del conocimiento para ofrecer a sus jóvenes buenos empleos. No está mal.

Pero, francamente, si lo que se quiere es aprender, no tenemos que mirar hacia fuera: con lo que el país produce estamos más que cubiertos. Ayer, sin ir más lejos, nuestro secretario de cultura del DF se aventó una verdadera joya keynesiana; resulta que al buen hombre, y al equipo que encabeza, no le alcanza con los 500 y tantos millones de pesos que tiene de presupuesto; y no le alcanza, nos lo hace saber, por la muy lógica y sana razón de que el ochenta por ciento se le va en nómina. Digamos que a usted o a mí no nos da el gasto para pagarle a nuestros dos mayordomos, a los cuatro porteadores que nos llevan en litera por la cuadra y a la arpista que tenemos contratada para paliar el estrés, ¿qué hacemos? Ni modo de quedarnos sin arpista, ¿verdad? Sobre todo si corremos el peligro de que nos aviente a un heredero de Venus Rey, no, nada de eso: hacemos como el secretario y, simplemente, pedimos más dinero. Ya calculó don Eduardo Vázquez y decidió que, apretadito, con doscientos millones más le alcanza. ¿Sí ven?

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