Suertudos

Por Roberto Newell

25 de octubre de 2014

Cuando en una sociedad no hay movilidad social, la estabilidad política está en riesgo. Si por cualquier razón, las familias están convencidas de que la estructura económica y social impide lograr un mejor estadio económico y social de una generación a otra, tarde o temprano, empiezan a cuestionar la legitimidad intrínseca del sistema político y económico en el que viven. Por ello, uno de los datos más importantes para calificar la estabilidad económica y política de largo plazo de un país es el que mide la capilaridad económica intergeneracional. Cuando las familias creen que con las reglas del juego actuales sus hijos tienen una probabilidad alta de mejorar sus condiciones económicas si se esfuerzan en las escuelas y en el trabajo, entonces apoyan el orden establecido; cuando concluyen que están condenados a vivir en condiciones económicas inadecuadas, dejan de apoyar el statu quo institucional.

La evidencia empírica sugiere que las familias basan su juicio sobre el sistema político existente con base en su vivencia personal. Si su experiencia personal les comunica que viven en un entorno en el cual hay relación entre el esfuerzo realizado y los logros alcanzados, alinean su conducta con las reglas del juego con el fin de obtener el premio económico en cuestión. Por el contrario, si su vivencia les indica que el juego está sesgado en su contra, se frustran y retiran su apoyo al sistema.

El Centro de Estudios Espinosa Yglesias publica estudios que permiten juzgar la movilidad social en el País. Los resultados publicados en el Informe de Movilidad Social de México: 2013 pinta un cuadro preocupante, puesto que muestran que hay relativamente poca movilidad socioeconómica intergeneracional. A saber, la probabilidad de que una familia escale del quintil socioeconómico más bajo al más alto es de sólo 4 por ciento; mientras que la probabilidad de que alguien que nació en una familia del quintil más alto caiga al más bajo es de sólo 3 por ciento. La conclusión del CEEY es irrebatible y durísima: las familias en los dos extremos de la distribución heredan su posición socioeconómica a sus hijos. Si uno proviene de una familia pobre, tiene 48 por ciento de probabilidad de ser pobre toda la vida (y 71 por ciento de probabilidad de vivir en condiciones socioeconómicas por debajo de la mayoría de las familias). Y si uno nació en circunstancias relativamente buenas, es probable (52 por ciento) que mantenga ese estado socioeconómico (y 78 por ciento de probabilidad de vivir mejor que la mayoría de las familias mexicanas.

Esto no sería preocupante si los ingresos absolutos de todas las familias estuvieran creciendo velozmente, puesto que si el sistema económico ofrece altas probabilidades de que mejorará el estándar de vida absoluto de las personas, la inmovilidad relativa es tolerable. Pero la economía del País ni siquiera ha logrado cumplir esa promesa. Consecuentemente, es probable que muchas de las familias más pobres y un número significativo de las demás familias estén descontentas con el statu quo y desearían probar un orden político diferente.

La evidencia empírica disponible para México y muchos otros países revela que el vehículo más eficaz para vencer la naturaleza estructural de la pobreza intergeneracional es asegurando que todas las familias tengan acceso a un sistema educativo de buena calidad y que todos los alumnos, incluyendo los más pobres, cuenten con el respaldo económico necesario para estudiar el mayor número de años que sea posible.

Varios estudios económicos muestran que cada año incremental que concluyen los alumnos mexicanos tiene un rendimiento económico alto. Chacón y Peña calculan que el rendimiento promedio de un año incremental de estudios es de 10 por ciento. Otros analistas estiman que la tasa de retorno de cada año adicional de estudios universitarios es de alrededor de 14 por ciento.

Pocos negocios ofrecen rendimientos tan atractivos como los citados anteriormente. Es por ello, que una de las mejores decisiones de inversión que pueden hacer las familias es invertir en la siguiente generación de su familia. Los hijos de estas familias son unos suertudos. Pero el informe del CEEY también indica que la mayoría de las familias no logran salir de la trampa de pobreza estructural en que están atrapadas. La escolaridad también se hereda: sólo 5 por ciento de los hijos de padres que no tuvieron estudios logran llegar hasta el nivel universitario. Por contra, casi 60 por ciento de los hijos de personas que tienen estudios universitarios logran ese nivel, y 97 por ciento estudia cuando menos hasta preparatoria. Para vencer la pobreza es indispensable tener un sistema educativo de clase mundial y apoyar a las familias más pobres para que sus hijos no abandonen sus estudios. En esto, México no puede fallar.

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