Yo no soy tú

Por Jorge Volpi

26 de octubre de 2014

¿Cómo es posible que una persona sea capaz de asesinar a otra a sangre fría? ¿De amedrentarla, secuestrarla o torturarla? ¿Qué tiene que ocurrir en un individuo -y en una sociedad- para que estas prácticas se vuelvan ya no sólo posibles sino cotidianas? ¿Y cuál es la razón de que tantos de nosotros cerremos los ojos ante estos hechos, de que los minimicemos o nos neguemos a colocarnos en la posición de las víctimas y sus familias?

Estas cuestiones no han dejado de martillearnos en las ríspidas semanas posteriores a los sucesos de Iguala acaso porque, más allá de sus implicaciones metafísicas, condensan el horror que hemos experimentado en México desde que hace ya más de un lustro la violencia explotase de manera inusitada entre nosotros en una racha como no se había visto desde tiempos revolucionarios. ¿Acaso hemos perdido, no tanto la capacidad de sorprendernos ante las peores tragedias, sino la empatía necesaria para convertirnos, por un instante, en los otros?

En un primer nivel, la empatía es un proceso natural, involuntario, derivado del funcionamiento de las neuronas espejo. Como intenté explicar en Leer la mente, esas neuronas motoras que se activan con el movimiento de cualquier agente parecido a nosotros permiten que nos identifiquemos con los demás y en buena medida constituyen los cimientos de nuestra naturaleza social. Gracias a ellas, nuestro cerebro trata de adivinar el comportamiento de los demás y nos obliga a colocarnos en su sitio. Si lloramos en las películas -o en las novelas-, se debe a que el dolor de los personajes se transforma en nuestro dolor.

No obstante, esta identificación puede ser bloqueada por la razón o, más bien, por ciertas ideas o mecanismos derivados de la cultura en que nos desarrollamos. Como afirma Fritz Breithaupt en Culturas de la empatía (2009), experimentos recientes señalan que la identificación provocada por las neuronas espejo es sólo el estadio más elemental del proceso y que una empatía más profunda ocurre cuando nos situamos como observadores frente a un conflicto.

Según Breithaupt, en esta “empatía a tres” se funda nuestro sistema moral y el orden que anima la convivencia humana. Lo extraño es que, al parecer, la empatía con una de las partes sumidas en un conflicto ocurre de manera inmediata, casi irracional, y sólo después, a posteriori, nos dedicamos a justificarla. Si yo observo una pelea, tiendo a identificarme de inmediato con uno de los contrincantes -por lo general, aunque no siempre, con el más débil-, y a continuación elaboro una historia para razonar mi elección. La empatía se torna así esencialmente narrativa: deriva de esa capacidad de contar -y de contarnos- las vidas de nuestros semejantes. Y, si bien en la toma de partido puede prevalecer nuestro propio interés -me identifico con A porque su victoria podría ayudarme- o un auténtico juicio de valor -al reflexionar me doy cuenta de que B tiene la razón-, lo más natural es que ésta ocurra sólo después de haber elegido a uno de los contrincantes.

Sin pretender una explicación absoluta de lo que ocurre hoy en México, quizás sea cierto que, de unos años para acá, la cultura de la empatía que prevalece en nuestro país se ha erosionado a grados que rozan la psicopatía. Una psicopatía social que provoca que una gran cantidad de ciudadanos se haya vuelto incapaz de asimilar los crímenes que se reportan a diario. Uno de los resultados más desasosegantes de la guerra contra el narco ha sido que, en el impulso por dividir a los buenos -nosotros- de los malos -ellos-, como si la realidad fuera una película o una novela, el país se ha deslizado en una suerte de autismo generalizado en donde el otro siempre puede ser el enemigo y, por tanto, alguien cuya vida no tiene demasiado valor.

Así, mientras de un lado auténticos psicópatas asesinan a mansalva, del otro abundan quienes ya no logran sentir la menor simpatía hacia las víctimas, las cuales de pronto parecen tan peligrosas o amenazantes como sus verdugos. La espiral del horror se cierra de forma macabra: sólo importo yo y, ante la magnitud de los conflictos que me rodean, me encierro en mí mismo. De allí la importancia de manifestaciones pacíficas como las del pasado miércoles. Lo más grave que podría ocurrirnos sería prolongar nuestro pasmo moral: aletargados y preocupados sólo por nosotros mismos en un entorno de violencia extrema, callar o voltear la cara. Aunque hayas sido secuestrado o brutalmente asesinado, yo no soy tú.

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