43+1

Por Denise Dresser

3 de noviembre de 2014

Desaparecidos. Ausentes. Muertos o dados como tales. 43 normalistas que no son ni ángeles ni demonios sino ciudadanos mexicanos con derechos que el Estado pisoteó. Probablemente torturados, ejecutados, calcinados. Según el padre Alejandro Solalinde, echados a una pira de madera. Y ante la tragedia de Ayotzinapa, otra desaparición que se suma a las 43 conocidas. La desaparición del gobierno de Enrique Peña Nieto. Como ha argumentado y con razón Leo Zuckermann, el Presidente parece pasmado, paralizado, acorralado. Sin liderazgo, sin respuestas, sin estrategia, sin posturas gubernamentales que defender o acciones contundentes que instrumentar. Sin secretarios de Estado que sepan explicar lo ocurrido en Guerrero y cómo afrontarlo. Sin un equipo que entienda cómo operar con eficiencia, actuar con celeridad, reaccionar apropiada e inteligentemente. Un gobierno que sabe vender su imagen pero no defenderla. Un gobierno que sabe “salvar a México” a la hora de negociar reformas, pero no a la hora de prevenir muertes.

He allí un procurador que todavía no tiene -a un mes de distancia- información sobre el paradero de los normalistas desaparecidos. He allí la paradoja de que hay más detenidos que desaparecidos. Aunado a todas las señales ignoradas, como explica Esteban Illades en “Iguala: el polvorín que nadie olió”, publicado en la revista Nexos. El precandidato que compitió contra el alcalde de Iguala, asesinado. El presidente municipal perredista, dueño de 19 inmuebles y gobernando en la más absoluta opacidad. Con 11 familiares en la nómina, que recibían 300 mil pesos al mes del erario, 1.15% de los gastos del municipio. Con una esposa cuyos dos hermanos estaban en una lista -publicada en el 2009- de los delincuentes más buscados por la PGR, por sus vínculos con los Beltrán Leyva. Con una historia de enfrentamientos vis a vis con líderes de organizaciones populares en Guerrero, como la que se dio contra Arturo Hernández Cardona, quien fue asesinando tras protestar en la carretera Iguala-Acapulco. Balaceras, secuestros, fosas, cuerpos regados. Realidad creada por unos gobiernos e ignorada por otros.

Y ante ello un pasmo preocupante. Una incompetencia alarmante. Un Presidente que afirma “no habrá impunidad”, pero no actúa para cumplir su promesa. Un líder que no sabe cómo serlo, inaugurando eventos en vez de supervisar investigaciones. Presumiendo los logros de su gobierno en vez de asegurar que funcione como debería. En el caso de la mayoría de los detenidos no se sabe con qué evidencia están presos o si han sido consignados ante un juez o si se ha iniciado un juicio en su contra. En el caso de los cuerpos calcinados, eso no impide hacer pruebas de ADN, pero Murillo Karam admite que ha habido errores en la extracción de los restos. En el caso de los forenses argentinos, dicen que en dos semanas estarán listos los resultados, y ante ello no se entiende con base en qué el procurador afirmó que los cuerpos encontrados no eran los de los normalistas.

México simplemente no tiene un sistema de justicia capaz de investigar, identificar, resguardar la cadena de custodia de los cuerpos, procesar evidencia de manera adecuada, usar marcadores genéticos, llevar a cabo pruebas de ADN usando, por ejemplo, el sistema CODIS, desarrollado por el FBI y la Interpol. Así no se pueden resolver violaciones, homicidios, asesinatos. Así no se puede resolver nada. Y convenientemente esto ayuda al gobierno. Es mejor para Peña Nieto que haya 43 normalistas “desaparecidos” a que se encuentren 43 normalistas asesinados. Es mejor que permanezca la duda, la esperanza, la incertidumbre, a cargar con la certeza de un crimen de Estado. Un crimen perpetrado por policías coludidos y alcaldes asesinos y gobernadores omisos y presidentes pasmados.

En la extraordinaria foto que Genaro Lozano tomó de la marcha de 50,000 personas hace unos días protestando por las desapariciones en Ayotzinapa, hay un letrero gigantesco en la plancha del Zócalo que dice “Fue el Estado”. Y así es. A los 43 ausentes de Ayotzinapa se suma una ausencia más. La de un Estado que no sabe proteger. Defender. Cuidar. Investigar. Enjuiciar. Castigar. Cumplir con su cometido. En lugar de ello tenemos autoridades huidizas, contradictorias, o tan desaparecidas como los normalistas que aseguran buscar. 43 + 1. Y ese “1” adicional es el propio presidente del país que ante la crisis no logra aprobar la prueba básica del liderazgo definida por John Kenneth Galbraith: la voluntad para confrontar inequívocamente la mayor ansiedad de su pueblo. Peña Nieto no enfrenta esa ansiedad. Tan sólo se suma a ella.

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