Auténtica solidaridad

Por Miguel B. Treviño

3 de noviembre de 2014

La indiferencia ante el dolor de los otros profundiza las divisiones, alimenta el resentimiento, nos debilita como sociedad, cancela la posibilidad de rescatar algún bien colectivo de la tragedia.

Es momento para la solidaridad con los mexicanos que han perdido familiares en la ola de violencia que viven algunas regiones del país.

Puede empezar con un gesto -una marcha, un desplegado, una velada de oración-, pero si termina ahí, este acompañar al que sufre no es mucho más que una palmada que dice: “mala suerte: te tocó perder en esta ruleta de la muerte que son Guerrero, Michoacán, Tamaulipas…”.

La solidaridad auténtica es trabajo.

Es compromiso en lo concreto para modificar el caldo de cultivo de la violencia.

Es asumir nuestro papel como parte del Estado en su obligación de someter a la barbarie.

Puede sonar contraintuitivo, pero pretender que el país se nos desmorona con la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa no tiene nada de solidario.

En un par de meses comprobaremos que las protestas disminuirán y la clase política volteará la mirada al 2015.

Las desapariciones forzadas, los asesinatos impunes, el abuso de autoridad y la falta de presencia del Estado en su tarea pacificadora seguirán siendo la norma, no la excepción.

Es falso que nuestras instituciones “están a prueba”, como afirmó el presidente Peña Nieto. Nuestras instituciones ya presentaron el examen y están reprobadas.

No sólo son los casos dramáticos de San Fernando, Tlatlaya, Iguala; son también los cientos de actos criminales que vivimos todos los días y para los que no hay respuesta.

En la lógica de la necesidad de respuestas excepcionales -renuncias, enviados, pactos- Iguala 2014 se llamará de otra manera en 2016 y 2018.

Las instituciones se construyen en otra frecuencia, en la necesidad de establecer buenas rutinas para los órganos del Estado, en protocolos que se cumplen, en la profesionalización de los actores en la cadena de la seguridad y la justicia, en reacciones predecibles e imparciales ante quien viola la ley.

¿Por qué reprueban nuestras instituciones?

Porque en Iguala, como en la inmensa mayoría del país, los policías reaccionan a como se les ocurre: con resentimientos, enojo, miedo, como dicte el capo en control de la corporación o como ordene el alcalde en turno.

Seguimos siendo un país sin policías, nuestro sistema de justicia está en quiebra y la narcopolítica ha ido ganando terreno en buena medida porque el combate a la corrupción no está en la agenda de este gobierno, como no lo estuvo en el de Calderón.

¿Queremos construir instituciones?

Hay tres retos cuyo abordaje es indispensable.

1. Tomarnos en serio y darle toda la profundidad que necesita el proceso de certificación policial. Los avances hasta ahora han sido cosméticos, el progreso en las pruebas de control de confianza es ficción porque las autoridades federales y estatales se limitan a aplicar pruebas y dejan que cada municipio haga lo que se le antoje con los resultados. No hay suficientes mecanismos de control interno en las corporaciones.

2. La Constitución nos ordenó en 2008 tener un nuevo sistema de justicia penal funcionando para 2016. No lo tendremos. Lo saben el gobierno federal y cualquier conocedor de la materia, pero en lugar de reconocerlo, unos y otros, funcionarios federales y gobernadores, se limitan a cumplir con formalidades.

3. La narcopolítica existe porque las complicidades y omisiones se dan en cascada. Ángel Aguirre frente al alcalde de Iguala, pero también el gobierno federal frente a los estados.

Mientras cada gobernador mantenga las aguas de su estado más o menos tranquilas y trabaje como aliado del Presidente, lo demás es lo de menos. Los vínculos con el crimen o los negocios turbios de gobernadores y alcaldes, cuando no se quieren ver, no se ven.

Frente a la realidad de Guerrero de fosas y palacios en llamas, probablemente la respuesta solidaria de todos los mexicanos no está en empatar el drama: lo solidario está en que asumamos la aburrida responsabilidad de construir instituciones.

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