El espanto

Por Jorge Volpi

3 de noviembre de 2014

Sí, hay que seguir hablando de Iguala, del espanto de Iguala, de los horrores de Iguala, de hecho apenas deberíamos hablar de otra cosa aunque existan nuevos temas, relevantes o caprichosos, aunque quisiéramos ya no hablar de Iguala, porque lo que le ocurre a México en estos días -ya semanas-, lo que nos ocurre a nosotros, a todos nosotros, tendría que ser visto como una inocultable tragedia nacional, un agravio y una afrenta a cada uno, a mi familia y a la tuya, al pueblo y a las autoridades, a los ciudadanos de todos los confines, por eso nuestra obligación, la obligación de quienes escribimos o alzamos la voz en público, es no dejar de hablar de Iguala, de los jóvenes asesinados o secuestrados en Iguala, impedir que el raudo olvido o la fugacidad de las noticias carcoma nuestra rabia y nuestra ira, por ello nuestra obligación, mínima, apenas útil, es resucitar el espanto para que el espanto no se diluya, insistir en que nos hallamos frente a una de las mayores calamidades que ha padecido el país en estos años de pólvora -comparable sólo a los setenta y dos migrantes asesinados de Tamaulipas-, insistir en que cuarenta y seis jóvenes fueron asesinados o secuestrados en Iguala e intentar sumirnos en su piel y sus entrañas, y en las de sus familiares, imaginar la vida que esos jóvenes tuvieron desde niños, el hacinamiento o la pobreza, la marginación que se sufre en tantas zonas del país y desde luego en el recio Guerrero, imaginar que soy yo quien nació en una de esas familias campesinas, que mis padres apenas saben escribir, que trabajan de sol a sol en jornadas siempre idénticas, siempre fatigosas, que aún así mi padre o mi madre decidieron que mi vida habría de ser mejor que la suya y trabajaron más duro para que yo tuviese una educación, lo que las consejas de antaño denominaban un futuro, que me impidieron abandonar los estudios y se empeñaron en que llegase a la primaria y a la secundaria, gracias a ellos mantuve esa convicción y, pese a las llamadas al ocio o la vagancia, a la delincuencia o a las drogas, conservé esa meta, esa esperanza depositada en mí por mi padre o por mi madre, esa fue la razón, la única razón, por la que me inscribí en la Normal de Ayotzinapa, por eso recorrí a diario largas sendas bajo el arduo sol de Guerrero hasta llegar a Ayotzinapa, una escuela con tradición revoltosa y revolucionaria donde hallé otros jóvenes que buscaban salir adelante, en sus aulas descubrimos la injusticia, leímos a Marx o al Che, fragmentos de Marx y el Che en una época en que nadie los recuerda, en una época en que a nadie le importa su vocación por los desheredados, por los que menos tienen -como nosotros-, mis amigos y yo los leímos y los comentamos, y leímos y comentamos la historia mexicana, la Independencia y la Revolución, el tumultuoso régimen priista y las guerrillas que nacieron no lejos de aquí con el fin de combatirlo, y nos identificamos con Lucio Cabañas y Genaro Vázquez sólo que, a diferencia de ellos, decidimos no tomar las armas sino oponernos pacíficamente a un régimen que nos parece tan corrupto como ajeno, un régimen, como el de Iguala, donde el crimen y el Estado son lo mismo, por eso nos preparábamos para la lucha y bajábamos a ciudades como Iguala para financiar nuestra hermandad y nuestra militancia, secuestrábamos autobuses y pedíamos dinero, sin duda lo hacíamos, nadie dirá que era algo correcto pero era una tradición que a la gente casi le parecía natural, ese día hicimos lo mismo, poco nos importaba que el alcalde o la alcaldesa fuesen a festejar no se qué evento, los políticos nos parecen todos iguales, igual de corruptos o amañados, fue entonces cuando comenzó el zafarrancho, no sería la primera vez que hubiese un zafarrancho con la policía, pero esta vez fue distinto, esta vez los agentes no sólo pretendían detenernos o amagarnos sino aniquilarnos, los policías se nos echaron encima y empezaron a caer los compañeros, a uno lo desollaron y a otro le arrancaron los ojos, a los demás nos golpearon y nos subieron a un camión de redilas y el camión emprendió su lenta marcha hacia la sierra, la misma sierra de la que provenimos, desde entonces nadie ha vuelto a saber de nosotros, unos quedaron atrás, asesinados y torturados, y de nosotros no se ha vuelto a saber nada, nada, cuarenta y tres jóvenes como yo, cuarenta y tres ciudadanos mexicanos, cuarenta y tres testigos y víctimas del espanto, cuarenta y tres signos de interrogación, cuarenta y tres vidas de las que, sí, tenemos que seguir hablando.

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