La descomposición

Por Jesús Silva-Herzog Márquez

3 de noviembre de 2014

Nadie conoce la época en que vive. Son siempre otros quienes bautizan nuestro tiempo. Ni don Porfirio supo que vivió en el porfiriato. ¿Cómo llamará el futuro a nuestro tiempo? ¿Con qué palabra designará estos años nefastos de México? Durante algún tiempo quisimos encuadrar la historia del presente en el cuento del progreso y hablamos de la era de la transición, del tiempo de las reformas. Una modernidad que, con dificultades, se abre paso. Aperturas que se suceden benéficamente para extirpar a México de sus atascos ancestrales. Las malas cuentas de la economía, las torpezas de la política, las apariciones de la violencia se inscribían, así, como costos de un avance que terminaría tarde o temprano por imponer en todas partes sus bondades. Concedíamos que el aprendizaje podría ser lento y pesadas las ataduras del pasado pero creímos que, a pesar de los obstáculos, la línea básica del futuro mexicano era promisoria. Hicimos las dos tareas del manual. Abrimos la economía y la política pero lo hicimos mal, a nuestro modo. Mientras tanto, olvidamos lo crucial. Fanáticos del progreso, creímos que había que insistir en la misma ruta para, ahora sí, alcanzar la promesa.

Difícilmente podemos aferrarnos a esa fábula de modernidad que sugiere que el progreso nos jala necesariamente a sus dominios. No quiero decir que nada se haya logrado, que la catástrofe sea total. Lo que digo es que las conquistas de los últimos tiempos empiezan a aparecer como lunares de excepción. No son fuentes que irradian cambio, que muestran ruta sino victorias sitiadas. Desde luego, en distintos ámbitos de la vida económica hemos aprendido y hemos logrado cosas. El pluralismo se ha asentado en muchas partes y algunas libertades se han expandido. Pero, ¿es ésa la marca esencial de nuestra vida pública o es más bien rareza entre la descomposición reinante? En esta hora oscura de México tiendo a pensar lo segundo. México vive desde hace ya muchos lustros un terco proceso de degradación. Antes que en la línea ascendente del progreso, estamos trepados en el declive. Y hablo -tal vez sea un atrevimiento- de México, no de esta o aquella parcela.

Cuando Daniel Cosío Villegas habló, a fines de 1946, de “la crisis de México” denunciaba el extravío de un proyecto político. La revolución no había sido capaz de reemplazar la dictadura con la democracia ni la injusticia con una prosperidad bien repartida. La crisis de la que hablaba el historiador tenía responsables bien identificados: los hombres de la revolución, inferiores todos a las exigencias nacionales. Lo que llama hoy la atención de aquel enfoque es su concentración en la dirección política. La expectativa implícita de que el rumbo podría retomarse si se recuperaba, ahí, lucidez y honestidad. Cosío Villegas denunciaba, a fin de cuentas, una política mal conducida. Hoy la crisis de México no es solamente una crisis de “conductor”, ni provienen todos nuestros males del poder. La depredación nacional ha tenido en todos nosotros cómplices activos durante mucho tiempo.

Una larga historia de autodepredación es la que desemboca en nuestro presente. ¿Tenemos derecho a sorprendernos del país inhóspito que habitamos si hemos olvidado la ciudad y la escuela, si hemos torcido tercamente la ley a nuestro antojo, si hemos decidido cohabitar con el delito, si hemos dejado a su suerte a los más vulnerables? Durante demasiado tiempo México olvidó lo esencial. Nos hemos empeñado en romper las cuerdas esenciales de la convivencia. El país desdeñó la plataforma común del Estado y dio por concluida la tarea, evidentemente inacabada, de la construcción nacional. Esa tabla del interés común fue capturada para la promoción de los privilegios. La ley, en lo pequeño y en lo grande, siguió en subasta. La educación fue usada durante años para las transacciones del poder; la corrupción fue royendo las ciudades hasta convertirlas en trofeos de fealdad y de basura. La prensa se acomodó para no incomodar.

Quiero decir que esta crisis no tiene apellido ni tiene un único causante. Que no es crisis de partido, ni crisis económica. Siendo tan extenso el miedo, tampoco se trata solamente de una crisis de seguridad pública. Vivimos una crisis nacional que hemos gestado tenazmente. No apareció ayer. No se resolverá pronto. Será tarea generacional el recuperar la posibilidad de convivir.

Galería | Esta entrada fue publicada en Resenciones y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s