Sujetos desobedientes

Por Denise Dresser

3 de noviembre de 2014

Un cerillo en la oscuridad. Una caja personal de herramientas para componer el presente y trazar el futuro. Instrucciones para los que quieren desobedecer, cuestionar, confrontar y a la vez construir. Tarea evidenciada en la colección de todos los instrumentos de resistencia social -panfletos, mantas, fotografías, videos- que pueblan la extraordinaria exposición “Objetos desobedientes” en el Museo Victoria y Albert en Londres. Exposición que me lleva a reflexionar sobre cómo empoderar en México al mismo tipo de personas que desafiaron al Partido Comunista checo o se pararon frente a los tanques en Tiananmen o marcharon por las calles de Alabama exigiendo la desagregación racial o encendieron las calles de Soweto clamando el fin del apartheid. Cómo volver a Ayotzinapa un punto de quiebre.

Cómo hacer que una tragedia personal de 43 familias se convierta en un movimiento colectivo. Algo que comience a cambiar la forma en la que rechazamos y nos rebelamos. Algo que algunos llaman lo imposible. Una ocupación, un movimiento social, una protesta que vaya más allá de las calles y los zócalos. Una forma de usar el arte y la creatividad y la imaginación. Aquí. Ahora. De la misma manera en la que Sylvia Pankhurst logró que las mujeres inglesas en crinolinas bloquearan edificios de gobierno para exigir el sufragio femenino. De la misma forma en la que estudiantes parisinos en el 68 empapelaron la ciudad con posters icónicos proclamando: “Prohibido prohibir”.

Nos toca ahora ser ingenieros de la imaginación para crear contextos de exigencia. Para demandar que toda la información sobre Ayotzinapa sea pública y confiable. Para demandar que todo lo averiguado por los forenses argentinos sea divulgado. Para demandar que los distintos niveles de gobierno digan qué van a hacer para lidiar con la crisis en Guerrero y el polvorín en el resto del país. Para que la PGR investigue y el Ministerio Público actúe y la policía proteja. Para mantener en la mira a los culpables de Ayotzinapa como el “Grupo de Arte Callejero” en Argentina que llenó las calles con mapas urbanos detallando dónde encontrar a los generales genocidas de la guerra sucia. Para diseñar el disenso como los artistas mexicanos que han creado camiones de Día de los Muertos rodeados de fotografías de los 43 desaparecidos. Para ir más allá de la marcha. Para desechar las viejas formas rituales de protesta e inventar otras.

A través de la sorpresa. A través del absurdo. A través de la desobediencia civil al estilo de Rosa Parks, quien se negó a cederle su asiento de autobús a un hombre blanco, como lo exigía la ley estadounidense en los cincuenta. Resistiendo y creando. Y es fácil sentir que nada de lo sugerido importa; que no será lo suficiente para hacer la diferencia. Pero “Los buenos somos más”, decía una y otra vez mi extrañado Germán Dehesa. Y al mirar la historia de la humanidad es necesario comprender que cada cambio, cada movimiento, cada viraje social comenzó con un grupo de amigos y colegas aferrados a una idea que parecía imposible en ese momento.

La idea de la rendición de cuentas. La idea del gobierno que resiste la corrupción en vez de albergarla. La idea de una democracia que sirva a sus ciudadanos y no sólo a sus partidos. La idea de la policía que investiga en lugar de extorsionar o asesinar. Ideas que parecen imposibles en México hoy. Tan imposibles como lo parecían la abolición de la esclavitud o el matrimonio gay o la caída del Muro de Berlín o la creación de los sindicatos o las mujeres usando pantalones. La desobediencia hace la historia. Como lo escribió Oscar Wilde: “La desobediencia, en los ojos de cualquiera que entiende la historia, es una virtud original del hombre”. Así nace el progreso. Rompiendo reglas que en su momento fueron consideradas “legales”. Tan “legales” como la criminalización del aborto en 16 estados del país.

Habrá quien se queje de la desobediencia creativa. Del caos que a veces produce. De la congestión urbana que a veces induce. Pero la protesta es hermosa porque abre las rutinas del espacio y del tiempo, permitiendo que lo inimaginable florezca. Es hermosa porque nace de un buen lugar: ese músculo terco que es el corazón. Ese lugar que debería llevarnos a desobedecer a diario, y a proclamar como lo hiciera José Emilio Pacheco: “No amo mi patria. Su fulgor abstracto es inasible. Pero (aunque suene mal) daría la vida por diez lugares suyos, cierta gente, puertos, bosques, desiertos, fortalezas, una ciudad deshecha, gris, monstruosa, varias figuras de su historia, montañas …”. Y 43 desaparecidos.

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