De corazón

Por Juana Inés Dehesa

8 de noviembre de 2014

Todos hemos visto esa escena en Grey’s Anatomy, House o la serie de médicos de su preferencia. La cámara se centra en los semblantes geniales y adustos de dos doctores elegantísimos y guapísimos, de esos que uno, por más que recorra incansablemente hospitales y salas de urgencia de cualquier país del mundo, no se va a encontrar nunca. Entre los dos, en la plancha, hay un paciente al cual le meten mano con singular alegría, mientras, para ayudar a su concentración, discuten algo fundamental para el futuro de la ciencia médica -como quién le puso unos besos a quién en la fiesta del viernes, a dónde estará bueno irse de vacaciones o de quién será ese hijo sospechosamente pálido que le acaba de brotar al doctor afroamericano-, cuando ¡záscale!, los monitores empiezan a enloquecer, a sonar alarmas y a prender foquitos como de maquinita tragaperras en Las Vegas, y, al grito de “¡Dammit, John, you nicked an artery!” (léase, “¡Diantres, Juanito, te cargaste una arteria!”), empieza la corredera. Chorros de sangre manan cual géiser del pecho del paciente; entran y salen enfermeras, y los doctores cambian sus semblantes de eminencias por el gesto torcido de quien se ve, irremisiblemente, condenado a dar un sinfín de explicaciones. Oscuro y corte.

Algo así supongo que ocurrió durante la intervención quirúrgica de nuestro jefe de gobierno. Nadie me lo ha dicho, pero, en estos días que corren, ni falta que hace tener conocimiento médico cuando la televisión hace tan buena labor didáctica. Venturosamente para los habitantes de esta ciudad, el empeño del doctor Mancera de ejercitarse cual hámster en rueda grande y su afición por los omelettes de puras claras, permitieron que todo saliera bien y que ya haya tenido la dicha de abrir sus brazos fuertes a la vida sin mayores contratiempos.

Ahora, una cosa es que ya esté en vías de pronta recuperación, y otra muy distinta es que esté preparado para recibir la infinidad de sobresaltos que le depara a cualquier capitalino esta ciudad. De entrada, espero que en su trayecto cotidiano no esté la Avenida Revolución, porque con esto del reencarpetamiento que dicen que ya casi acaban pero yo no veo ni que empiecen, no le doy más de dos cuadros para que se le boten los puntos, dejándolo en un trance francamente lamentable. Luego, si pretenden darle el parte de lo que sucede día a día en lo tocante a las marchas, por ejemplo, yo diría que se fueran con calmita: no le suelten, así, de golpe “hay una estación de Metrobús vandalizada, sabecuántos comercios saqueados y muchachos que amenazan con acampar en las islas hasta que se reinstaure en nuestro entorno la justicia social”, no; en lugar de eso, sean prudentes. Sean conscientes de que esta ciudad, hoy más que nunca, no es nada propicia para los débiles de corazón.

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