Actuar

Por Juana Inés Dehesa

23 de noviembre de 2014

Los tiempos han cambiado. Yo sé que no es tan fácil de creer, porque mal que bien uno le sigue prendiendo a la tele los domingos y sigue saliendo Chabelo, y sigue yendo a ver películas de cine mexicano y sigue saliendo María Rojo en chanclas, pero me cae que ya ni Chabelo ni María Rojo son los de antes. Estamos, aunque no lo parezca, en un momento de cambio.

Si todavía siguen escépticos, escúchenme. Llevo buena parte de la semana en un ejercicio de imaginación; por más que lo intento, no logro imaginarme a doña Paloma -la primera primera dama que guarda mi memoria-, tan copetona y bien presentada ella, saliendo a explicarnos que hizo unos tratos con unas personas que espantan de decentes y que en el ínter se hizo de unos milloncitos y una casota como de jeque nacón, y que eso que parece inconcebible no lo es para nada; nomás es cosa de que dejemos de andar de malpensados y le tengamos un tantito de fe.

A mí todo el numerito de Angélica Rivera me provocó reacciones encontradas: primero, me dio penita ajena porque junto a todo eso que dijo, los parlamentos de La Dueña parecen como fragmentos escogidos de Balzac, de lo manipuladores e inverosímiles que eran sus argumentos, y estoy segura de que en su vida de “artista” (la Real Academia ya nos tenía que haber multado sólo por usar el término lo mismo para Shostakovich que para William Levy) nunca había acometido un reto semejante. Su sencillísima explicación del origen y destino de sus bienes resultó mucho más complicada que la trama de una de esas telenovelas donde hay unas gemelas idénticas pero hay una que es ilegítima y las dos están enamoradas de un importante hombre de negocios que tiene una esposa que no es suya presa en una cárcel en Barbuda pero para esto todos son herederos del rey de Suecia y los persigue un malo bien malísimo que quiere conquistar el mundo empezando por la Narvarte. ¿Sí ubican de cuáles? Bueno.

Y al tiempo que pena ajena, sí tengo que decirlo, el asunto me provocó indignación. A esa mujer a quien le pagó por actuar la mismísima Televisa, empresa que, ¡caray!, se conoce por pródiga y dadivosa con sus empleados (yo todavía atesoro el jueguito de té que me dieron por hacer doblajes y pasear en triciclo por Plaza Sésamo), no hay forma de creerle ni el saludo cuando sale a cuadro dizque a convencer al pueblo mexicano. Francamente, si de eso se trataba el star system, se conforman con bastante poco.

Pero, dejando de lado el capítulo de Los Pinos también lloran, insisto en que algo hemos adelantado si ya la clase política se siente en la necesidad de dar explicaciones. Y si podemos organizarnos y manifestarnos en paz y orden. Algo vamos avanzando y nos corresponde hacernos cargo del asunto; qué Dueña, qué Televisa y qué nada: ahora nos toca actuar a nosotros.

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