La crisis de los otros

Por Jesús Silva-Herzog Márquez

1 de diciembre de 2014

El presidente Enrique Peña Nieto habrá pronunciado las palabras de la consigna pero no conectó con nadie. “Todos somos Ayotzinapa”, dijo tres veces para subrayar el dolor colectivo pero en sus labios las tres palabras no se escuchan como expresión de solidaridad o empatía. La frase se oye impostada y falsa en voz de un hombre que sólo ha reaccionado con indignación cuando se afecta su imagen. La respuesta pública del Presidente a la más grave crisis de las últimas décadas reitera su distancia del ánimo público y la superficialidad de las medidas que ha anunciado para encararla. Si las crisis son oportunidades para tomar medidas radicales que en tiempos ordinarios resultan impensables, parece claro que el Presidente ha desaprovechado esta crisis. Lo que le propuso al país el jueves pasado es el recalentado de viejas ideas y una fría declaración de propósitos. Si hubiera sido un discurso de campaña, hubiera sido un mensaje vago y ligero. Lo dramático es que ese decir es el hacer de un Presidente en tiempos calamitosos.

Ante la candente sensación de urgencia, las palabras del Presidente son moños para la postergación. Habló (nuevamente) de reformas legislativas, pero no presentó siquiera el texto de las iniciativas. Dijo que las fuerzas federales (otra vez) intervendrán en los estados que padecen la mayor inseguridad, pero no precisó la novedad de la estrategia ni definió plazos ni objetivos para su actuación. Ni siquiera pudo anunciar el funcionamiento de un teléfono de urgencias del que se ha hablado desde hace años. El Presidente nos dijo, solamente, que pronto funcionará. Quizá lo más revelador del anuncio reciente es lo que nos confiesa el Presidente al proponer que el CIDE organice foros de consulta para saber qué debe contener la reforma al sistema de justicia. No está mal que esa institución junte a expertos para hablar del Estado de derecho pero, ¿no debería tener ya el gobierno una idea de lo que se requiere? A dos años de asumir el poder, los priistas no saben qué quieren hacer con el tema vertebral de nuestro tiempo: la ilegalidad.

Lo que no aparece por ningún lado en el mensaje del Presidente es un diagnóstico y una propuesta sistemática. El Presidente no le ofrece a la nación una interpretación sobre el origen de la crisis política que vivimos. Nada dice sobre la imbricación de política y crimen, nada sobre las contrariedades del federalismo o el desarreglo municipal. El Presidente no aborda las raíces económicas de la violencia ni las implicaciones morales de nuestra barbarie. Hilvana lugares comunes para ofrecer, como respuesta, medidas inconexas. No se percibe, en consecuencia, ningún sentido de prioridad en lo que dice. Si juzgamos por sus reiteraciones y sus acentos, le preocupa más el vandalismo que aparece en ciertas manifestaciones que las atrocidades del crimen organizado.

Las propuestas del Presidente son, en realidad, una evasión de responsabilidad. Ante la crisis política más profunda de las últimas décadas, el presidente Peña Nieto ha respondido con una acusación a todos los actores políticos y una absolución personal. Todos son culpables, menos yo, parece decir. Todos fallan, menos yo. Mi equipo no necesita ningún ajuste. Todos confiables, todos eficaces, todos honorables. Los problemas que padecemos provienen de la corrupción de los empresarios, no de la mía; de la incompetencia de los gobiernos locales y municipales, no de la indolencia de mi gobierno. ¿De qué manera puede recobrar liderazgo la Presidencia si no admite sus errores? ¿Cómo puede emprenderse una estrategia contra el crimen si no se parte de una crítica de lo que no se hizo durante dos años? Una cosa es clara: el Presidente no podrá encabezar ninguna cruzada contra la corrupción si no se aclaran sus relaciones con los empresarios a los que ha favorecido desde el poder. El gobierno quiere cerrar el capítulo de la casa de la familia presidencial pero es imposible darle la vuelta a esa página. Querrán el olvido pero el presidente de México sigue bajo sospecha de corrupción.

Hoy cumple dos años de haber asumido la Presidencia el grupo que se jactaba con toda arrogancia que sabía gobernar, que era la encarnación misma de la eficacia. La camarilla de los eficaces no tiene idea de cómo resolver la crisis de nuestro tiempo. El discurso presidencial reciente es una demostración de ese fracaso. El avión se desploma y el Presidente ofrece hacer lo mismo, organizar foros académicos, un número telefónico que estará listo en algún futuro y varias iniciativas de ley que un día conoceremos. Perdieron dos años y no saben qué hacer.

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