Chocolates

Por Juana Inés Dehesa

6 de diciembre de 2014

Si yo fuera importante, que venturosamente no lo soy, viviría estas épocas decembrinas y próximas a las fiestas en la zozobra más absoluta. Tendría taquicardias cada vez que sonara el timbre y me negaría enérgicamente a atender a la puerta sin antes hacer un escrutinio que implicara rayo láser, cateo a conciencia y un batallón de contraseñas y salvoconductos.

Y es que, en este momento del año, cualquier gente que se precie de ser mínimamente importante, de despertar la admiración, la codicia o la empatía de un buen número de personas, empieza a ver invadido su domicilio, como en la película La mancha voraz, de toda clase de objetos que uno o varios entes malignos, de esos que se dedican a la comunicación social o a hacer “errepé, weeee”, deciden que son perfectos para agasajar a clientes, amigos y conocidos varios: desde el clásico libro sobre retablos barrocos, haciendas henequeneras o tapires en extinción de la sierra chiapaneca, hasta piezas de arte conceptual que no sirven más que detener las puertas para que no se azoten y se haga buen chiflón, pasando por todo tipo de artilugios, monerías y objetos varios muy bien envueltos y muy con el logo de la empresa, que uno pasa el año entero contemplando fijamente, a ver si se entera de una vez por todas para qué demonios sirven.

Eso, porque no son como nuestros senadores del PRI, PAN y PRD. Ellos, que en otras circunstancias nomás no logran juntarse para resolver nada, tuvieron este año la madre de todas las grandes ideas: mandar hacer unos chocolates con la foto de todos y cada uno de ellos y repartirlos para agasajar a correligionarios y amigos varios. Es, de verdad, una joya de idea y otra joya de realización: están muy feyitos (los modelos no daban para mucho, en honor a la verdad), pero a leguas se nota que están fabricados con la más pura cera de candelilla y que dejan el paladar más resbaloso que una pista enjabonada.

Esta noticia salió publicada hace un par de semanas y me produjo el horror que supongo que le produce a todo el mundo. Usted nomás imagínese que termina de comer, se sirve un café cargadito y humeante, y se introduce en la boca la cara de Miguel Barbosa; lo menos que le puede pasar, creo yo, es que lo ataque ahí mismo una gastroenteritis fulminante o, ya de plano, que empiece a poner los ojos en blanco y vomitar verde como en los mejores momentos de la niña de El Exorcista. Es para intranquilizar a cualquiera. Hoy, sin embargo, mi alma se reconforta un poco al leer que ya el IEDF está contemplando comenzar a aplicar exámenes antidoping a candidatos y aspirantes a puestos varios de elección popular. Si están dispuestos a aceptar sugerencias, sugiero que empiecen de una vez y por el Senado. Pero rapidito.

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