Protesta y represión

Por Genaro Lozano

9 de diciembre de 2014

De Ayotzinapa a Ferguson, de Reforma en Ciudad de México a la Plaza Tahrir en El Cairo hemos visto una de las manifestaciones más dramáticas de la relación entre dos de los actores más dinámicos de los Estados: las fuerzas del orden y la ciudadanía organizada en distintos movimientos sociales. La relación de la pulsión entre la represión y la protesta. Una relación que en la mayoría de los casos es violenta y ejemplifica la relativa apertura de un sistema político al disenso.

Los movimientos sociales que demandan un cambio estructural en un gobierno han existido a lo largo de la historia de la humanidad. El historiador Charles Tilly fue uno de los pioneros en investigar cómo se forman los movimientos sociales, cómo perduran en el tiempo y cómo pueden ser más exitosos, al menos desde la Revolución Francesa.

En las democracias liberales es relativamente más sencillo organizar el descontento en un movimiento social porque el derecho de asociación está protegido constitucionalmente, porque el derecho a la protesta se ha convertido en símbolo identitario de esas democracias. Sin embargo, los activistas que viven en regímenes autoritarios o en democracias meramente electorales también han logrado articular el descontento. Ahí están las madres de Plaza de Mayo en la Argentina de Videla o más recientemente los activistas de las revoluciones de las primaveras árabes. Ahí están también nombres como Leopoldo López en Venezuela o Yoani Sánchez en Cuba.

Lo que ha cambiado a lo largo de los años es la respuesta y las capacidades de la fuerza pública para reprimir la protesta. La italiana Donatella della Porta es una de las académicas que han estudiado la vigilancia o represión policial de la protesta y cómo, al menos desde las manifestaciones en Seattle en contra de la OMC a fines de los 90, ésta se ha sofisticado, utilizando nuevas tecnologías para supervisar los movimientos sociales, así como cada vez se ha hecho más recurrente lo que varios académicos han llamado el “régimen global de la represión”, especialmente después de los atentados del 11 de septiembre del 2001, que han hecho que diversas autoridades mundiales tipifiquen algunos de los repertorios de la protesta como “actos terroristas”.

Lo que no queda claro aún es cuáles sean los efectos de la represión en la protesta. Lo que las autoridades que reprimen buscan es casi siempre la desmovilización, crear dinámicas de desconfianza y de pánico entre la ciudadanía, incentivarlos a quedarse en casa, en lugar de salir a protestar. Sin embargo, como han encontrado académicos como Sara Motta, Laurence Cox y Ana Margarida Esteves, entre otros, “la represión no siempre desmoviliza. A veces incluso inspira mayor resistencia y una más amplia participación en la protesta”.

Precisamente eso hemos visto en Ciudad de México. Las detenciones ilegales de activistas como Sandino Bucio, la brutalidad de la policía federal y del DF, así como el círculo de silencio de televisoras como Televisa y TV Azteca que ocultan los gritos de “¡Fuera Peña!” y que dedican hasta tres veces más tiempo en enseñar imágenes de actos vandálicos que en narrar las protestas pacíficas han tenido un efecto contrario. En las marchas en la capital mexicana son cada vez más recurrentes los contingentes de padres y madres con carriolas y sus hijos. La estrategia del miedo que parece orquestada por Miguel Ángel Mancera, el policía de las protestas anti-Peña, no ha servido para desmovilizar. Todo lo contrario.

Mientras que la policía de Mancera siga encapsulando a activistas, mientras que no haya transparencia en torno a la Casa Blanca, mientras sigan desapareciendo mujeres en Ecatepec, mientras no haya justicia para Ayotzinapa, mientras que las televisoras sigan ofreciendo información sesgada, las semillas de la protesta continuarán ahí y la pulsión entre protesta y represión continuará. Lo bueno es que ya hay en México una baja tolerancia a ésta y más redes internacionales de solidaridad. Parafraseando a Monsiváis estos son nuevamente días de gritar.

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