Desigualdad y orden

Por Jesús Silva Herzog Márquez

2 de enero de 2015

Dos libros marcaron el debate político en el 2014. Ambas son piezas ambiciosas de reflexión que van más allá de la coyuntura. No son crónicas periodísticas que describen el instante sino paisajes de amplia perspectiva histórica y sólida argumentación teórica. Imposible reflexionar sobre su materia sin considerar sus hallazgos y propuestas. Se trata de volúmenes gruesos y densos que lograron salir del aula para insertarse en la discusión pública del mundo. El primero es un trabajo de historia y teoría económica que pone el dedo en el preocupante incremento en la desigualdad en el mundo desarrollado. El largo proceso de igualación se ha detenido y empieza a revertirse, dice Thomas Piketty en El capital en el siglo XXI, la gran sorpresa de la industria editorial de este año que el Fondo de Cultura Económica ha traído al español. El segundo libro es un argumento por el orden democrático que escapa de las costosas ingenuidades recientes. El polémico Francis Fukuyama, quien llevará en el epitafio aquel desliz del “fin de la historia”, publicó también este año Orden y decadencia política. De la revolución industrial a la globalización de la democracia (Farrar, Straus and Giroux, Nueva York, 2014).

Los dos libros nos hablan y muy directamente. Desigualdad y desorden político: ¿podría encontrarse una síntesis más compacta de nuestra adversidad? ¿Podríamos encontrar tareas más urgentes que acortar las brechas y fincar confianza?

Al escribir desde Francia, Piketty tiene en mente, principalmente, los casos de las economías desarrolladas de Europa y la norteamericana. Observa con preocupación un proceso de desintegración social que revierte avances históricos. Bajo el imperio de la desigualdad, las oportunidades se abren o se cierran por el bruto azar del nacimiento. El gran servicio de Piketty ha sido, a mi entender, cuestionar eso que el politólogo francés Pierre Rosanvallon llama “consentimiento de la desigualdad”, el entendimiento de que la desigualdad es un fenómeno natural e irreparable, una anécdota trivial en el gran curso de la historia, un precio razonable que vale pagar por el crecimiento económico. Para algunos liberales se trataría, en realidad, de un falso problema: simples lacras de la envidia. La desigualdad que ataca Piketty es negación, en última instancia, de las posibilidades de convivencia. La desigualdad termina matando la idea de nación y el proyecto de ciudadanía. Habitar un mundo común es posible solamente (vuelvo a Rosanvallon) en una sociedad de semejantes.

Piketty pretende superar la fijación infantil de la Economía con las matemáticas y terminar con la soberbia de su aislamiento intelectual: la Ciencia que no necesita de otras ciencias. El economista buscó en su libro el aliento de la historia y la fecundación de otras ciencias sociales e, incluso, de la literatura. Desde un lugar muy distinto, Francis Fukuyama ha buscado algo parecido para la ciencia política. Darle hondura histórica (y hasta biológica) a la reflexión democrática. El régimen que un día describió como la desembocadura universal del tiempo no puede ser un artefacto que vuela gracias a la negociación de las élites y la puesta en práctica de algunos procedimientos. La democracia no es una nube que flota por encima de la sociedad y sus hábitos. No llueve democracia de las elecciones. Cuando el voto llega sin los preparativos necesarios, produce aberraciones siniestras.

El vocabulario de Fukuyama es darwiniano: la política es un largo proceso de adaptaciones. Aunque haya abandonado el lenguaje hegeliano, sigue creyendo que las etapas de la historia son peldaños ineludibles. Tener voto sin tener Estado es abrirle paso a la corrupción y al clientelismo. Dar paso a la competencia electoral sin una burocracia profesional y autónoma, sin un sólido régimen de leyes, engendra una economía mafiosa. El voto genera y alimenta orden político sólo cuando el poder se ha afirmado y se han levantando también sus restricciones. Supremacía y rendición de cuentas. Si hace unos años la ciencia política predominante insistía en que, para tener democracia, era suficiente pactarla, Fukuyama advierte que es necesario hacer la tarea previa.

La desgracia de México, podríamos decir a la luz de estas obras, es que la estabilidad de nuestros autoritarismos no legó Estado y que nuestra precaria democracia no ha asentado legalidad. Y que el fracaso de la política sigue siendo el abortivo de la nación.

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