El color de la muerte en Estados Unidos

Por Farid Kahhat

2 de enro de 2015

El propósito de un Grado Jurado en el sistema judicial de los Estados Unidos no es el de establecer la culpabilidad o inocencia de un acusado, sino el de establecer si la evidencia existente amerita que se le someta a juicio. El umbral de evidencia requerido para ello es menor al que se requiere para establecer la responsabilidad penal de un acusado, y por eso en la gran mayoría de los casos el Gran Jurado encuentra méritos para iniciar un juicio.

Existe, sin embargo, una gran excepción: casi nunca un Gran Jurado decide juzgar al acusado cuando este es un policía involucrado en un homicidio durante el ejercicio de su profesión. Por ejemplo, en la ciudad de Dallas, Grandes Jurados revisaron 81 casos de empleo de armas de fuego por parte de la Policía local entre 2008 y 2012, y sólo en uno de esos casos encontraron suficiente evidencia para iniciar un juicio.

Una particularidad que hace esos casos controversiales es el hecho de que las víctimas suelen ser de manera desproporcionada hombres provenientes de una minoría étnica. Por ejemplo, según una investigación del grupo ProPublica (http://www.propublica.org/article/deadly-force-in-black-and-white), entre 2010 y 2012 un hombre negro tenía 21 veces más probabilidades de morir como consecuencia del uso de armas de fuego por parte de la Policía que un hombre blanco. Pese a ello, autores como Ben Casselman (http://fivethirtyeight.com/datalab/ferguson-michael-brown-indictment-darren-wilson/), sugieren cautela antes de concluir que eso es producto de la discriminación racial.

Esa es sin duda una posibilidad, pero existen también otras explicaciones posibles. Tal vez la escasa probabilidad de que un Gran Jurado decida encausar judicialmente a un policía acusado de homicidio se explique por el hecho de que los fiscales encargados de presentar la evidencia en favor de la acusación dependen en general de la colaboración policial para formular acusaciones penales. Siendo ese el caso, preferirían no antagonizar a su principal fuente de información y evidencia para casos de los cuales dependería el futuro de su carrera.

Otra posible explicación es precisamente la opuesta: dada la notoriedad mediática y el encono racial que suscitan casos como el de Michael Brown, en Ferguson, o el de Eric Garner, en Nueva York, éstos suelen provocar tanto debate público como movilización social. Bajo esas circunstancias, un fiscal se sentiría impelido a argumentar en favor de la acusación penal aun en ausencia de evidencia clara, para evitar ser sindicado como racista o negligente.

Pero siendo cierto que cabe concebir razones distintas al prejuicio racial para explicar que un Gran Jurado no suela encausar judicialmente a policías acusados por homicidio, existe evidencia que sugiere que los prejuicios raciales son cuando menos parte de la explicación. Por ejemplo, según el propio Departamento de Justicia de los Estados Unidos (http://www.bjs.gov/content/pub/pdf/aus8009.pdf), un hombre negro tiene tres veces más probabilidades de ser arrestado por posesión o consumo de drogas que un hombre blanco.

Eso no probaría per se la existencia de un trato discriminatorio si a la vez fuese cierto que un hombre negro tiene una probabilidad tres veces mayor de poseer o consumir drogas que un hombre blanco. Pero, según el Departamento de Salud de ese país, la proporción de ciudadanos negros que usan drogas es apenas ligeramente superior a la proporción de ciudadanos blancos que hacen lo mismo.

Vista en contexto, esa cifra cobra mayor significación, dado que, mientras la tasa de arrestos por otros delitos disminuyó entre 1980 y 2009, la tasa de arrestos por posesión y uso de drogas (práctica que ni siquiera calificaría como delito en países como Portugal), se incrementó en más del doble y, como vimos, esos arrestos afectaron de manera desproporcionada a la población afroamericana.

Añadamos por último que, a través de los años, diversos estudios han llegado a la misma conclusión: bajo circunstancias comparables (por ejemplo, con evidencia similar), un hombre negro tiene una probabilidad bastante mayor de ser condenado a prisión que un hombre blanco, y esa diferencia sólo se explica en parte por la desigualdad de ingresos entre grupos étnicos.

Pero tal vez la evidencia más elocuente sobre los prejuicios raciales que podrían compartir los miembros de un Gran Jurado sean algunos pasajes del testimonio que brindó ante esa instancia el policía que dio muerte a Michael Brown, en Ferguson, Missouri. Para referirse a su víctima, el policía empleó hasta en dos ocasiones el pronombre “It”, habitualmente usado para referirse a objetos inanimados. Alegó que cuando intentó detener a la víctima, “se sentía como si un niño de cinco años se aferrase a Hulk Hogan” (un legendario luchador profesional). En un momento dado sostuvo que la víctima parecía “un demonio”, y que, tras los primeros disparos -recibió seis impactos de bala-, “parecía incluso ganar musculatura para avanzar a través de las balas, como si lo enardeciera el hecho de que le estuviera disparando”.

Es decir, el policía no describe a una persona sino a un ser mitológico, de una fortaleza y malignidad inhumanas. Salvo mejor parecer, la única forma en que personas en principio ecuánimes podrían haber tomado en serio semejante testimonio era si compartían aquellos prejuicios que, en un segmento de su sociedad, suelen representar a los hombres negros como seres intrínsecamente amenazantes.

Dicho sea de paso, usamos las expresiones “negro” y “blanco” porque son las que emplean las estadísticas oficiales y algunos estudios. Tal vez esa nomenclatura sea parte del problema. De un lado, porque podría sugerir que la biología tiene mayor poder explicativo que la cultura y la socialización. De otro, porque se trata de categorías polares, que parecen dejar poco espacio para el mestizaje que puebla la mayor parte del continuo que media entre ellas.

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