Extinguir a México

Por Ximena Peredo

2 de enero de 2015

Lo que sucedió en el país durante el 2014 será materia de investigación por muchos, muchos años.

Cómo se pactaron las reformas, entre quiénes, a qué precio, cuáles fueron sus consecuencias sociales serán piezas que el futuro deberá reunir.

Todo sucedió rápido, como atraco profesional, pero, igualmente, el deterioro tomó otra velocidad. De hecho, el año pasado, la extinción de México fue de muchas formas anunciada.

México es, básicamente, un conjunto de sistemas y fronteras con una historia política que justifica su existencia.

Existimos por una sucesión de guerras y acuerdos entre minorías, contados al resto como “la mejor historia posible”.

Ese México está en crisis desde que nuestro contrato social comenzó a hincharse de sangre y obedecer a la clase gobernante comenzó a parecer indigno.

Cuando las razones parecen irracionales un nuevo marco de credibilidades se anuncia.

Las relaciones de confianza que sostenían la idea de México están rotas. Basta contemplar el estado en el que se encuentra nuestra relación con los gobiernos, los congresos y los juzgados; basta escuchar hoy el discurso de cualquier aspirante a un puesto de elección para advertir que la conexión se rompió.

Un halo fantasmagórico, como de ser de otro tiempo, los reviste.

Podría arriesgarme y decir que el país nunca existió, pero que la publicidad, el sistema policiaco y la persecución fiscal nos han obligado a respetar un holograma.

Esta condición no es exclusiva de México, de hecho, todos los países y las nacionalidades son ficciones. Todas las fronteras y las identidades nacionales son artificiales, han sido creadas, finitas.

Pero además, bajo la idea de un solo país, de una supuesta unidad nacional -y esto ya no puede ignorarse-, se esconden historias de verdadero terror.

Aquí recuerdo al filósofo Walter Benjamin: “Todo acto de civilización es un acto de barbarie”. Para que México existiera borró, o por lo menos sometió, todo lo que existía antes de su fundación.

Luego, se tacharía de atraso, de exotismo o de vergonzoso todas las economías, las autoridades y las organizaciones políticas no alineadas a la “unidad nacional”.

Cuando escribo que México se extingue hablo de la extinción de esta ficción de consenso y unidad, hoy como nunca insostenible, pero además hablo de la impostura de cualquier consenso que se pretenda llamar nacional.

No existe tal cosa, es mera ilusión. Los únicos consensos posibles se dan entre personas que tienen el mismo poder político. Todo lo demás son unanimidades falsas.

No sólo en México sino en todo el globo, una heterogeneidad vibrante y descontrolada está poniendo en vilo a las ideas totalizadoras, es decir, a todo lo que cabe dentro de la lista “las cosas son así”.

Detrás de esta fantasía de orden y armonía, el desorden diario de nuestras vidas se instala rotundo. Nuestras luchas contra el deterioro de la casa, del cuerpo, y de nuestras relaciones, son las más cercanas evidencias del caos, generador de movimiento.

La idea de ciudadano y de trabajador, arquetipos fundamentales de la modernidad, hoy están siendo cuestionados por la idea de persona.

La persona no se identifica ni con la Constitución ni con el capitalismo, es anterior a ellos. Sobrevivirá a las crisis porque no se identifica con ellas.

La extinción del país no es una idea apocalíptica. Todo lo contrario. Cuando el México que hoy colapsa finalmente se consuma, emergerá todo lo que existe sin ser reconocido.

Otras economías, otras formas de compartir conocimiento, otras organizaciones políticas, otras justicias, todo un repertorio de formas de entender la vida, producirán nuevos espacios.

En corto, los mexicanos no podemos “salvar” a México porque somos su consecuencia. Esta paradoja obliga a la extinción.

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