Elogio de la irresponsabilidad

Por Jesús Silva-Herzog Márquez

26 de enero de 2015

No la del cirujano, ni la de quien maneja un coche, ni la del gobernante. Tampoco la del constructor o el cocinero. Irresponsabilidad para el creador, para el crítico, para el humorista. Irresponsabilidad plena, total. Pongamos tras las rejas al ingeniero que levanta un puente endeble. Dejemos sin empleo al doctor que olvida el bisturí en la barriga del operado. Votemos contra el político que nos lleva a la ruina. Pero cuidemos el atrevimiento crítico, la insolencia del humorista, la denuncia hiriente. Que no ha de haber código para el arte, ni reglamento de lo risible, ni estatuto para la sátira ha de decirse nuevamente porque han vuelto quienes piensan que hemos de servir sólo a la cordura, al cálculo, a la ética de las consecuencias.

Monástica es una sociedad monopolizada por la compostura. Levantarse a la hora justa, participar en los rituales cotidianos, hablar siempre en voz baja y cuando es permitido, no desentonar jamás en el coro, acatar el tabú como el dictado de una segunda fisiología. Tragarse la opinión propia en aras de la tranquilidad, renunciar a la controversia, halagar los prejuicios. Un código estrictísimo regula cada acción y cada expresión de la vida conventual. Todos han de actuar responsablemente. Cada monje sabe que el monasterio se mantiene por su disciplina. Cualquier desacato sería catastrófico. Por ello no puede haber ahí espacio para la burla, inaceptable sería una parodia de los textos sagrados, un dibujo ofensivo, una invectiva contra algún monje odioso. ¿Un cabaret dentro del convento? ¿Grafiti en el altar? ¿Anotaciones satíricas al margen de las Escrituras? Una sociedad disciplinaria niega los provechos de la expresión libre, el servicio de la controversia. En cada fricción ve una amenaza, en cualquier polémica un peligro. Cuidar el claustro es fustigar al crítico que se nos asoma por dentro, es callar al burlón que detecta la presencia de lo ridículo, es hacer de la duplicidad la norma soberana del trato.

Hay quien pretende hacer del código monástico, el estatuto de nuestra sociedad. No seamos salvajes, nos dicen: limitémonos, cuidemos lo que decimos, lo que escribimos, lo que pintamos. La insolencia es inaceptable, la provocación un pecado. Quien ofende merece la cachetada del ofendido, decía recientemente el Papa, y hay quien celebra tan aberrante argumento. Lo mismo dicen quienes atribuyen a la vestimenta de las mujeres la violación que sufren. Usaba minifalda, me provocó. Insultó a mi dios, me provocó. El objetivo de Francisco es claro: proscribir la blasfemia. Cruzados por conflictos, hemos de actuar todos con responsabilidad. Amenazados por la violencia, hemos de actuar siempre con responsabilidad. Cuidar el derecho a blasfemar es cuidar uno de los principios esenciales de la sociedad abierta. Los nuevos censores quisieran que todos renunciáramos a la opinión hiriente y que nos paralizáramos nuevamente por la idea que alguien tiene de lo sagrado. Ése es el costo de la convivencia, dicen. Si a alguien lastima mi opinión es causa suficiente para silenciarla. Antes de hablar, debo calcular responsablemente el efecto de lo dicho. Si mi idea no aporta nada al otro, no merecería voz. Es vanidad la expresión que no contribuye al bienestar del mundo. Y si, a juicio de alguien, lo entristece, ha de ser excluida.

¿Ha de someterse la expresión independiente al código de la responsabilidad? No. Irresponsables han sido siempre las palabras que desafían la opinión común, las imágenes que cuestionan los prejuicios profundos, los argumentos que destrozan esas fantasías que sellan identidad. Irresponsable es la denuncia que amenaza la concordia, que ofende al poderoso.

La sociedad monástica nos imagina a todos como soldaditos de la convivencia: guardianes de una ciudad amenazada. Habrá que recordarle a los republicanos de la autocensura que necesitamos también críticos que denuncien los dogmas. Y que no hay denuncia de los prejuicios que no lastime. Un crítico no puede renunciar al ácido de su pluma sin renunciar a su cometido. Un artista ha de ser libre para profanar lo venerable. Un cartonista ha de ser inclemente en su burla. Irresponsables que han de desentenderse del efecto de sus expresiones. Las buenas maneras tendrán su sitio pero ese sitio también tiene límites. Los templos de la irreverencia son tan necesarios en la ciudad como los templos de la devoción. ¿Sería habitable una sociedad poblada sólo por circunspectos? Que la prudencia sea un valor no quiere decir que sea el único, ni el supremo en todos los ámbitos de la vida. La risa, la invención y la denuncia suelen nacer de una insolencia.

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