La libertad y el humor

Por Jorge Volpi

25 de enero de 2015

Como sabemos, el 7 de enero un grupo terrorista irrumpió en la redacción de Charlie Hebdo y asesinó a 10 de sus redactores y colaboradores. ¿El motivo? Desagraviar al Profeta -cuya mera reproducción es considerada una blasfemia por millones de musulmanes- por haber sido ridiculizado en numerosas caricaturas desde que, en 2005, la revista satírica se atreviese a reproducir las célebres viñetas danesas sobre Mahoma. Si bien la condena de los asesinatos ha sido prácticamente unánime, y el lema #YoSoyCharlie llegó a convertirse en el más difundido en la historia de Twitter, las discusiones en torno al contenido de Charlie Hebdo han sido menos consensuales, al grado de dar vida al contralema #YoNoSoyCharlie, empleado entre otros articulistas por David Brooks en el New York Times.

La pregunta de fondo es clara: ¿en una sociedad democrática deben existir otros límites a la libertad de expresión que aquellos vinculados con la dignidad y la privacidad de las personas (esto es: de individuos concretos, no de ideas o representaciones abstractas) y con la obligación de no cometer otros delitos? Las respuestas van desde un no rotundo por parte de los comentaristas libertarios (y muchos liberales), hasta un por supuesto de los sectores tradicionalistas y religiosos, pero también de una parte de la izquierda socialdemócrata, pasando por numerosas posiciones intermedias.

De otro modo: ¿hay valores o figuras que deberían ser respetados a rajatabla por un motivo particular? Una de las grandes conquistas de la Ilustración fue la abrogación del crimen de lesa majestad, que protegía al rey y a la Iglesia de cualquier crítica, abriendo el camino para la libertad de expresión tal como la conocemos hoy. Pero, a diferencia de quienes afirman que los atentados de París prueban que Occidente se halla sitiado por los islamistas, esta conquista ha tenido una historia lenta y atribulada tanto en Europa como en América.

Aunque nos gustaría creer que su culminación se halla en la Primera Enmienda a la Constitución de Estados Unidos, según la cual “El Congreso no podrá hacer ninguna ley […] limitando la libertad de expresión ni de prensa”, lo cierto es que en este país no existe una revista como Charlie Hebdo, cuyas invectivas contra la religión podrían ser tachadas de discriminatorias o incitaciones al odio racial. De hecho, la mayor parte de los medios estadounidenses, como el New York Times o CNN, decidieron no publicar la bastante inofensiva portada del Charlie Hebdo post-atentado donde aparece Mahoma diciendo: “Yo soy Charlie”.

En la propia Francia, el negacionismo es un delito: que una posición así nos parezca aberrante no significa que quien la exprese deba ser castigado. Del mismo modo, la “apología del terrorismo” se castiga, incluso en redes sociales, de manera más estricta que en Estados Unidos. Lo mismo ocurre en Inglaterra, Alemania, Austria y otros países europeos. También llama la atención que Mariano Rajoy asistiese en primera línea a la marcha republicana, cuando hace unos años un juez español ordenó el secuestro de la revista El Jueves porque en su portada aparecían el príncipe Felipe y la princesa Letizia burdamente caricaturizados.

El atentado ha dado pie a que ese “Todos somos Charlie” se convierta en un mantra del que, en efecto, todos se aprovechan: desde el Frente Nacional y los movimientos identitarios europeos caricaturizados por Michel Houellebecq en Soumission, hasta un sinfín de políticos que no tienen empacho en condenar los crímenes aunque en sus países prevalezcan la censura y el autoritarismo. Y, en fin, numerosos intelectuales que exigen una libertad de expresión ilimitada pero que nunca han mostrado la misma energía a la hora de defender los derechos humanos en otros países.

Ni el 7-J es el 11-S francés, ni Occidente se halla en jaque: los terroristas eran franceses y las llamadas a una Patriot Act europea, capaz de interceptar las conversaciones de sus ciudadanos, serían el peor atentado contra esas libertades tan arduamente conseguidas. En contra de lo que sostuvo el papa Francisco, uno debe tener el derecho de mofarse de cualquier religión, así hiera la sensibilidad de sus fieles pero, si se opta por esta postura -que yo comparto-, habría que llevarla a sus últimas consecuencias. Como Ahmed Merabet, el policía francés y musulmán que, radicalizando la frase atribuida a Voltaire, murió defendiendo a unos caricaturistas que humillaban los valores en los que él creía.

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