La mala hora

Por René Delgado

25 de enero de 2015

Como quien aguarda su turno en el patíbulo, el país se interna en la senda de la incertidumbre. Nadie se pregunta si la situación podrá recomponerse, sino qué tanto más se descompondrá.

El discurso del gobierno y los partidos, jurando plena conciencia del hartazgo frente a la corrupción y el crimen como ante la impunidad y pusilanimidad política, queda como una arenga más, ansiosa por saltar la cresta de la ola del malestar social y, luego, actuar conforme a la costumbre.

La oportunidad de emprender un cambio profundo a partir de la tragedia de los desaparecidos se diluye. El gobierno deja pasar y hacer, los partidos canibalizan la disputa por las candidaturas, la movilización nacional pierde fuerza mientras su activo residual se radicaliza y, de seguro, el crimen celebra el desbarajuste nacional.

A menos que la intención sea profundizar la descompostura social para justificar el uso de la fuerza y mostrarse indiferente ante la adversidad económica para, en la antevíspera electoral, abrir la llave del gasto público, cuanto ocurre resulta incomprensible.

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De la ilusión de que, al inicio del año, el gobierno mandaría señales de rectificación, operando cambios en el gabinete y emprendiendo auténticas acciones para recuperar la iniciativa y recomponer la situación, no queda ni el recuerdo. Si más adelante alguna decisión de esa índole se toma, ya no tendrá el halo de la reconsideración sino el grillete de la necesidad o del oportunismo electoral.

Si el manifiesto conflicto de interés en que incurrieron el presidente Enrique Peña Nieto y el secretario Luis Videgaray, al recibir beneficios del contratista favorito del gobierno, pegó en la línea de flotación de su credibilidad y redujo su margen de maniobra ante la adversidad política, social y económica que tiene en ascuas al país, el jefe y el estratega del gobierno parecieran haber optado por ignorar el asunto, ansiando que el tiempo y el olvido lo sepulten. Asombra el hecho, sobre todo, por la audacia, la inteligencia y la osadía mostrada tiempo atrás.

Si los tres principales partidos presumían haber entendido el mensaje enviado por la movilización social frente a la corrupción, la impunidad y la pusilanimidad política, en cuanto escucharon la chicharra del inicio de la temporada electoral botaron a la basura la supuesta conciencia de la circunstancia nacional y regresaron a la conducta dictada por el manual de la ambición sin responsabilidad. Burlan la ley electoral que ellos mismos se dieron, profundizan los pleitos a su interior en aras de fortalecer a su corriente a partir de las candidaturas y, a su modo y talla, usan los gobiernos en su poder para derivar beneficios a su grupo. ¿Qué hacen Miguel Ángel Mancera y Héctor Serrano metiendo la mano en los procesos de su partido?

De la oscuridad de la noche del 26 al 27 de septiembre, no salen gobierno y partidos. Confunden las fosas con las urnas.

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Es de tal magnitud la confusión que, aun los propios hombres del Presidente, al querer explicar la circunstancia de su jefe, en vez de ayudarlo, lo hunden.

Ahí está la compleja explicación del secretario Ildefonso Guajardo de lo que ocurre: “…íbamos muy bien y en septiembre nos despertaron con un elemento que en el sistema de planeación no estaba al cien por ciento conceptualizado. Y ese elemento no es una novedad, es un recordatorio que este país ha tenido un crecimiento desigual”. Decir que los despertaron supone que dormían; decir que no es una novedad supone que lo sabían, y decir que no lo conceptualizaron al cien por ciento supone que lo ignoraron. ¿Cuántos muertos de hambre o de violencia se requieren para alcanzar el ideal “cien por ciento”?

Y, luego, la frase lapidaria: “El problema es que para el Presidente de la República no es sostenible gobernar un país que prácticamente es dos países en uno”. Ese país, dos en uno, es el mismo que gobernaron los anteriores mandatarios. Por qué, entonces, ahora la explicación justifica la circunstancia. En la lógica del secretario Guajardo, sólo faltó pedirle la renuncia a su jefe.

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Dislates aparte, cada día, en el corredor que integra Michoacán, Guerrero y Oaxaca en el Pacífico Sur, el grado de la descompostura se incrementa y frente al signo del peligro, las autoridades y los partidos cierran los ojos.

En Michoacán, el envío de un comisionado federal no prosperó. En menos de dos años, el PRI consumió cuatro gobernadores -Fausto Vallejo, Jesús Reyna, Fausto Vallejo y Salvador Jara- y, pese a la dimensión del desastre, los poderes locales y federales, así como el conjunto de los partidos, niegan la realidad. Lo peor es que, con la estrategia adoptada, se borró la frontera entre policías y criminales, entre quienes se encuentran injustamente encarcelados y quienes debiendo estar encarcelados gozan de cabal impunidad.

En Guerrero, ni qué decir. La actuación violenta del grupo magisterial que, bajo el disfraz del amparo, usa a los familiares de los normalistas vulnera la solidaridad nacional con ellos. La violencia gana espacio y, ante ella, el gobierno cede la plaza una y otra vez, quizá, ansiando que la putrefacción de la descompostura justifique, en algún momento, echar mano de la represión. Que el caos exija imponer el orden que demanda abrir más fosas no para rescatar cuerpos, sino para echar más.

En Oaxaca, el fracaso de la reforma educativa arrastra lo demás y el gobierno federal y el estatal ya no reaccionan, se someten al capricho de los maestros.

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Quizá la idea sea acentuar la descompostura política, social y económica para, en algún momento, dar el golpe de mano y luego soltar el gasto público a fin de derivar dividendos electorales. Como sea, otra vez, el país trae el cuchillo entre los dientes preguntándose no quién la debe, sino quién la paga. ¿Cuántos muertos más se requieren para sacudir la conciencia nacional?

Transcurren los días al ritmo de la cuenta regresiva que presagia una tragedia superior a la sufrida y la clase política sonríe ante el botín electoral.

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