Poderes de la desunión

Por René Delgado

25 de enero de 2015

A Horacio.

El mensaje del año viejo y del nuevo fue inequívoco: los Poderes de la Unión y los partidos políticos están fallando en un momento clave.

La evidencia ahí está. El Senado de la República no pudo cerrar el periodo ordinario de sesiones por falta de quórum, en virtud del desacuerdo entre las fracciones. El pleno de la Suprema Corte requirió de treinta y dos rondas de votación para elegir a su nuevo presidente. Y el Ejecutivo saludó el año nuevo sin remontar el anterior. Los síntomas de la descomposición más a la vista no pueden estar.

El marco de esa crisis fue y es aún más inquietante: el dominio del crimen en más de una región, el imperio de la corrupción, el hartazgo social con ribetes de insurrección, los signos ominosos en la economía y el abuso de poder a lo que da.

Viene un próximo desastre. Titulares y representantes del poder se esmeran en crear las condiciones.

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A la crisis de los Poderes de la Unión, se suman con júbilo los gobernadores. Su actuación no tiene paralelo.

A bofetadas, Manuel Velasco trata a sus colaboradores. Guillermo Padrés construye y destruye una presa a su entero antojo. El banquero César Duarte comparece en el Senado como gobernador. Fascinado por la rueda de la fortuna, Rafael Moreno Valle promueve su precandidatura presidencial y calla a quien protesta. Con licencia, Ángel Aguirre Rivero mueve las fichas en Guerrero, exclamando: ¡Jesús mío! Miguel Ángel Mancera cede el gobierno a su secretario Héctor Serrano, que mete la mano hasta en el partido. Con chapitas pero sin rubor, a Eruviel Ávila lo tortura pero no mucho la actuación de su procurador ante la matanza en Tlatlaya. Compungido, Gabino Cué agradece la lección de los maestros: se puede cobrar sin estar presente. Con voz experimentada, Rodrigo Medina recomienda no postular a la candidatura al hijo de un político porque, luego, gobernaría su ¡papá! Al modo del Principito, a Roberto Borge le asombra ver el atardecer una hora más tarde en el Caribe.

Todo eso ocurre y no pasa nada.

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Las dirigencias partidistas no atinan qué hacer frente al desmadejamiento de su respectiva organización pero resisten hacer política. El agandalle, las posiciones, el moche y las prerrogativas son primero e irrenunciables.

Ante la renuncia de cuadros distinguidos, el perredista Carlos Navarrete se apresura a despedirlos. Ante la asfixiante cercanía con el gobierno, el priista César Camacho agradece ser él quien anuncie al candidato escogido fuera del partido. Ante la posibilidad de quedarse con los restos del naufragio, Gustavo Madero le deja de propina a Ricardo Anaya un curso semestral de coordinador parlamentario. Y la chiquillada retoza con tanto que pepenar, reciclar o maquillar a fin de conservar el registro de su partido.

La capacidad de los dirigentes partidistas para hallar huesos en las fosas y las ruinas impresiona.

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No escapan a la situación los hombres del presidente de la República. Cuando los especialistas o la simple sensatez recomiendan tomar providencias frente a la adversidad económica y revisar los proyectos faraónicos, los secretarios defienden trenes, aeropuertos, televisiones, acueductos y hasta el imprescindible Museo del Barroco. No se produce petróleo como antes y el que se produce se cotiza muy por debajo de lo proyectado, pero nada de pensar en cancelar o revisar proyectos. Si algo hay que recortar, es a los críticos.

Eso no es todo, pese a la evidencia de cómo se juega con los recursos de los mexicanos, se practica el olvido y, entonces, si el Tribunal de Coahuila y el Tribunal de Justicia del Distrito Federal le metieron dinero a Ficrea, ni preguntar por qué lo hicieron. Es más, hay que reelegir al magistrado Edgar Elías Azar porque es buenísimo para eso de la oralidad.

Nada de reducir ni de cuidar el gasto en temporada electoral. Ya se verá después qué rayos, ahorita no.

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Qué importa la inestabilidad política, el malestar social o la criminalidad en Oaxaca, Guerrero, Michoacán o Tamaulipas.

Tal es el cinismo y la ambición de los precandidatos en Michoacán que, si bien se hicieron de la vista gorda frente a la violación de la soberanía con la designación de un comisionado federal, ahora su presencia les incomoda. Y faltaba más, sáquese de ahí al hombre que llevaba todo el respaldo de la fuerza del Estado porque la prioridad ya no es rescatar de manos del crimen a Michoacán, lo importante es la elección. Servando Gómez, La Tuta, saluda los comicios.

Si, como la política social, la política de seguridad entra en receso con motivo del concurso electoral, guárdese en los cuarteles a la gendarmería, la policía, al Ejército y la marina y formúlese un exhorto pidiendo mesura al crimen.

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Lo que pareció un infortunado desliz el 19 de abril de 2013, hoy es consigna.

El respaldo presidencial a la secretaria Rosario Robles que decía: “no te preo- cupes, hay que aguantar porque han empezado las críticas, han empezado las descalificaciones de aquellos a quienes ocupa y preocupa la política y las elecciones…”. Hoy, esa frase es divisa para inculcar ánimo a los colaboradores. Gerardo, Emilio, Mercedes, Rosario, José Antonio, Jesús, Luis, Miguel Ángel, Salvador, Vidal… no se preocupen, hay que aguantar.

La conjugación de la divisa es sencilla: si tú aguantas, yo aguanto, nosotros aguantamos… ellos aguantan. Quizá funcione, aunque la percepción sea la de un gobierno que renunció a la osadía con que arrancó.

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Con su granito, carretilla o camión de arena, la clase dirigente se empeña en aclarar a la ciudadanía un asunto: cuanto más pida abrir la participación política, más la va a cerrar; cuanto más pida resolver problemas, más los va a administrar; cuanto más pida reconocer la realidad, más se dirá que ésta no existe.

No se puede elegir cuando no hay de dónde escoger, no se puede llamar a las urnas con tanta fosa abierta, no se puede elegir en libertad cuando reina la impunidad y la pusilanimidad.

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