Política del odio

Por Jesús Silva-Herzog Márquez

25 de enero de 2015

Se le ha visto como arquitectura y como navegación. Arte de construir la casa común, peripecia de las travesías. La política es dibujada como edificación y como navío. También es comparada con la medicina: ciencia y arte de las curaciones. Sí: una clínica, un sanatorio de las pasiones humanas. Vista como intervención medicinal, la política pretende curar la perturbación de las emociones colectivas, moderar la pasión o emplearla como alimento. La emoción, desde luego, no está nunca ausente de la vida pública. Será que, a pesar de lo que se nos ha dicho, somos más una cazuela de afectos que una calculadora de intereses. Por eso la política cojea cuando se le piensa solamente como una máquina para acomodar (para el asiento o el traslado) los derechos y los intereses de la gente. A la política corresponde también algo más complejo, etéreo: procurar la salud de las sociedades. Detectar las raíces del odio, atender las causas del rencor, templar los furores de la rabia. Me temo que los adelantos de la arquitectura política y los inventos de la navegación política son infinitamente superiores a las curas del sanatorio político. Algo sabemos de reglas de convivencia y de mecanismos para el movimiento; no es claro cómo se alivia el odio colectivo.

Pienso en esto por la fuerza con que el resentimiento estalla en la plaza pública. Porque la política aquí y en muchos lados parece concentrarse en la expresión del encono antes que en la articulación de exigencias negociables. Proclamación teatral, violenta, de antipatías que van mucho más allá de los antagonismos del desacuerdo. Contemplamos, inermes, el espectáculo del odio. Dos fenómenos radicalmente distintos, en sitios distantes del planeta, tienen ese ingrediente común: el rencor como el ánimo políticamente dominante. Pienso en el resentimiento pirómano de nuestras protestas. Movilización del resentimiento para la destrucción simbólica de todo lo enemigo. Pienso también en el rencor asesino de los terroristas. No digo, no insinúo tampoco, que sean formas políticas idénticas. No digo que deba calificarse de terrorista la protesta que se ejerce en la ilegalidad. Lo que creo es que su fuente es similar: una rabia intensa, una indignación profunda que encuentran alivio en el estallido.

Vale registrar la importancia de la afectividad política. Ése es uno de los desafíos centrales de nuestro tiempo. Debemos pensar, concretamente, en la política del odio, esa política que niega radicalmente al otro, que busca su destrucción física o simbólica, que rechaza cualquier entendimiento con él. Estamos llamados a reflexionar sobre la enemistad porque esa rabia intensa está marcando la convivencia o, más bien, está socavándola. El conflicto, componente indispensable de cualquier sociedad viva, adquiere intensidad bélica. El desacuerdo no es ya motivo de confrontación sino llamado a la supresión. Claudio Lomnitz ha dedicado un par de artículos brillantes en La Jornada al resentimiento político. Más nos vale abrir los ojos ante el poder del rencor y tratar de ubicar sus raíces si es que queremos hacerle frente. El rencor, fundamento del pensamiento fascista, parece revivir en nuestros días para alimentar los radicalismos de todo signo.

El rencor puede ser infecundo pero es gratificante. Destruye pero consuela: ofrece sentido. Leo a Lomnitz: “La política del rencor ofrece causa y sentido a personas que están sumidas en una situación de frustración y sinsentido. Lo que hacen los políticos del rencor es cultivar el resentimiento que mana de esa frustración y dirigirlo a un objeto estable, a un objeto odiado, y ofrecen así al rencoroso una ‘causa’ capaz de dar sentido y dirección, aunque sea a cambio de entregar la vida a la destrucción”. La política del rencor florece porque ofrece una causa a una sociedad sin esperanza, porque da sentido de pertenencia a quien no encuentra reconocimiento alguno, porque dignifica al militante, al soldado, al vengador que no encuentran más que vejaciones en su entorno. La política del rencor no brota de la nada: es el efecto de la exclusión y de la humillación cotidiana. La política del resentimiento puede alentar el delito y merece, por ello, castigo. Eso no significa que debamos detenernos en la respuesta punitiva. El éxito de la política del rencor es síntoma de un fracaso.

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