La novedad de ser primitivo

Por Juan Villoro

(Publicado el 20 de febrero de 2015)

México es un país fantasioso donde la realidad se modifica a través de las palabras. Si te llamas Juan te dicen Johnny, pero si te llamas Christopher te dicen Chóforo.

El marido que regresa a las dos de la mañana con la corbata en la frente le dice a su mujer: “No es lo que piensas”. En forma asombrosa, la frase es sincera. Una creencia mágica nos permite suponer que el lenguaje borra los hechos.

Los apodos, los refranes, los memes y los tuits permiten criticar el mundo sin necesidad de transformarlo. Si lo que pronunciamos tuviera efecto, seríamos más discretos.

Una dualidad atraviesa el alma nacional: rebeldes en los dichos, somos conservadores en los actos. Criticamos cosas de las que no prescindimos. Quien se opone a la corrupción da “mordida” si eso le ahorra un trámite ante un burócrata que come una torta compuesta. Los políticos que violan derechos humanos suelen ser expertos en declarar a favor de esos derechos.

¿De dónde viene nuestro contradictorio gusto de ser y no ser? Acaso todo se remonte al templo dual de los aztecas. ¿La dialéctica de los opuestos del mundo prehispánico se degradó hasta convertirnos en el ambiguo pueblo del Son de la negra, que a todos dice que sí pero no les dice cuándo?

A comienzos del tercer milenio, Televisa hacía sondeos de preferencias en su principal noticiero. Como la dicotomía no le basta a un público barroco, las opciones de respuesta eran tres: “Sí”, “No” y “No sé”. Asombrosamente, la tercera opción recibía votos.

Recuerdo las dos interrogantes de una noche estelar: “¿Es usted feliz?” y “¿Le gustaría ser clonado?”. Una abrumadora mayoría declaró sentirse triste. En forma curiosa, esa misma gente deseó ser clonada. El ejercicio tocó una fibra sensible del espíritu patrio: estamos mal pero preferiríamos estarlo por duplicado. Seguramente, la respuesta habría sido otra si la clonación fuera una posibilidad real. En México toda promesa es exitosa hasta que cae en peligro de volverse cierta.

Nuestra irrealidad verbal se ha perfeccionado gracias a la tecnología. Las redes sociales son el invento perfecto para un pueblo gregario donde no hay fiesta que triunfe sin colados.

El problema es que el invento nos agarró de mal humor. El país que confesaba su tristeza en las encuestas ahora está rabioso.

Twitter permite reaccionar de modo instantáneo ante las muchas cosas que nos disgustan. Lo que antes se rumiaba en soledad o se escribía en la pared de un urinario, ahora circula en el océano digital. Como el descontento es contagioso, los exabruptos encuentran eco hasta llegar al incendio.

“Somos los primitivos de una nueva era”, comentaba Federico Campbell. Nos consideramos ultramodernos, pero ignoramos los alcances de la naturaleza virtual que nos rodea. Usamos instrumentos como los antropoides que convertían un hueso en una macana.

Nuestra primera reacción ante un escándalo es la condena. Esta cualidad moral cambia de signo al expresarse en forma instantánea. Cuando piensas que un tuit puede ser un insulto, ya lo enviaste.

¿Y qué sucede con la capacidad de rectificar? Ahí entra en juego otro rezago nacional: en México reconocer un error es peor que cometerlo. Todo defecto es atribuible a un cataclismo. Las invitaciones no estuvieron listas porque “falló la imprenta”. Si un edificio se quema, no hay responsables (la “justicia” consiste en arrestar al velador).

¿Cuántos paisanos mandan un tuit para decir “me equivoqué”? Ese acto se reserva para otra costumbre, la ceremonia del desagravio, que no ocurre en la pantalla sino en una cantina. Con la valentía que da el tequila, la persona que te ofendió sin motivo recapacita y muestra un afecto más incómodo que el agravio: “Cómo te quiero, condenado: ¡te regalo a mis hijos!”.

Nuestro malestar es real, pero se encuentra sobrerrepresentado en las redes. A diferencia del repudio, la comprensión es un proceso interno. Nadie manda un tuit para decir: “Ya entendí”. El cambio de opinión apenas se expresa en el mundo virtual. Esto no quiere decir que no exista. ¿En qué baso mi optimismo? Si la tolerancia guarda silencio, ¿cómo podemos conocerla? Hay un firme indicio de que aun en esta época aciaga la gente no ha dejado de reconciliarse. El horario de mayor tráfico en Twitter es el viernes por la mañana. Esa noche, se llenan las cantinas.

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