La verdad, ese error oficial

Por Juan Villoro 

(Publicado el 6 de marzo de 2015)

Peña Nieto llegó en carroza dorada al Palacio de Buckingham. La escena refleja a un mandatario más cercano a la televisión que a la realidad. Ni siquiera la desaparición de 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa lo llevó a acercarse al quebrantado territorio donde ocurren los sucesos. Podría haber encabezado una marcha como la de Hollande después de los asesinatos en la revista Charlie Hebdo; podría haber ido a Iguala de inmediato; podría haber cancelado su viaje a China para señalar que sus prioridades no están a veinte horas de avión. Nada de eso ocurrió.

Ayotzinapa condensó una indignación acumulada en años de violencia; además, las víctimas eran jóvenes estudiantes y fueron entregados al crimen organizado por la policía. El drama puso en entredicho la credibilidad del gobierno. Las movilizaciones populares y su repercusión en la comunidad internacional hacían esperar respuestas, si no motivadas por el deseo de justicia, al menos por el afán de supervivencia política. Pero la retórica gubernamental se ha deteriorado tanto que ha perdido la facultad de dar excusas. Se diría que en un país donde la crisis de legitimidad es crónica abundarían los expertos en dorar la píldora, pero no es así.

El 27 de enero de 2015, cuatro meses después de la desaparición de los estudiantes, el procurador Jesús Murillo Karam presentó un informe al que describió como “verdad histórica”. De acuerdo con esa versión, las víctimas fueron calcinadas en un basurero cercano a Cocula y sus restos arrojados al río San Juan. La hipótesis de este horno crematorio a la intemperie fue cuestionada por peritos. Para convertir en polvo medio centenar de cadáveres la pira habría tenido que arder varios días, alimentada por una cantidad inaudita de combustible, llantas y leña.

Con el fin de saber si los restos pertenecían a los estudiantes, se tomaron muestras del perfil genético a sus familiares. De las 134 pruebas enviadas al laboratorio de la Universidad de Innsbruck, 20 estaban mal hechas. Según la PGR, esto se debió a un “error administrativo”. La frase es más reveladora de lo que parece: nuestra “verdad histórica” es un error administrativo.

En un reportaje publicado en Proceso (15 de febrero de 2015), Marcela Turati informa que el Equipo Argentino de Antropología Forense encargado de analizar los restos hallados en Cocula no ha podido trabajar libremente. A propósito del ocultamiento y manipulación de datos, comenta Ariel Dulitzky, presidente relator del Grupo de Trabajo sobre las Desapariciones Forzadas de la ONU: “Ayotzinapa representa todas las falencias y debilidades institucionales que tiene la PGR”.

Un informe insuficiente fue presentado como “verdad” y Peña Nieto invitó a pasar la página. Incapaz de indagar y sancionar los hechos, apeló al olvido y la resignación. Ante las protestas, el gobierno sólo dio una señal de autocrítica: remover al procurador Murillo Karam, que había expresado en público su cansancio.

En vez de acercarse a la ciudadanía, la Presidencia se aísla. Ante el escándalo de la Casa Blanca, la primera dama mostró lo lejos que se encuentra del sentir popular. Su declaración se podría parafrasear así: “Aunque no tengo por qué darles explicaciones, me digno a contestarles”.

En el magnífico dossier sobre Shakespeare que Letras Libres publica en su número de marzo, Andreu Jaume escribe: “Más que la práctica del poder, a Shakespeare parece interesarle su suspensión, las circunstancias que obligan al gobernante a detener la irreflexiva costumbre de mando y volcar la fuerza de la acción hacia una interioridad recién descubierta”. A punto de caer, Ricardo II revela su dolida humanidad: “Puedes deponer mi gloria y mi potestad/ pero mis dolores no; sobre ellos todavía reino”.

Los gobernantes de la era mediática no pueden tener la grandeza trágica de los reyes de Shakespeare, pero tampoco pueden gobernar sin empatía. Hollande recuperó credibilidad en las calles de París.

Hubo un tiempo en que México fue gobernado desde un carruaje. Benito Juárez ejerció una Presidencia itinerante. No abandonó un país en llamas: llevó consigo la soberanía. Peña Nieto monta otro tipo de carruaje. Lo vemos por televisión, en un palacio lejano del país de Shakespeare.

El dolor de Ricardo II se presta para un drama; la indiferencia de Peña Nieto, para una telenovela.

Galería | Esta entrada fue publicada en Resenciones y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s