¿Pudimos haber tomado otro rumbo?

Por Lorenzo Meyer

(Publicado el 12 de marzo de 2015)

EL ESTADO DEL ESTADO

Contemplar hoy el estado que guarda el Estado mexicano lleva al observador sensible a oscilar entre la perplejidad, la rabia y el desánimo. Tomemos algunos ejemplos recientes, como el informe del relator especial de Naciones Unidas sobre la tortura. Tras una visita a México en 2014, este personaje sostiene -acusa- que la tortura y maltrato de los detenidos son una práctica generalizada que se emplea con casi total impunidad lo mismo para castigar que para investigar (Proceso, 8 de marzo). Desde otro ámbito muy distinto, el escritor Fernando del Paso, en la ceremonia donde se le otorgó el premio José Emilio Pacheco, se pregunta “¿A qué horas, cuándo, permitimos que México se corrompiera hasta los huesos? ¿A qué hora nuestro país se deshizo en nuestras manos…?”. Y, afirma, si un personaje de ficción de Pacheco resume su visión de la mala fama de una ciudad con: “puta, ladrón, auxilio, me robaron”, Del Paso propone que hoy el ambiente real del país puede sintetizarse así: “político, autoridad, socorro, me extorsionaron” (La Jornada, 8 de marzo). Alejandro González Iñárritu, el cineasta mexicano galardonado en Hollywood, declaró a un diario Italiano: “los gobiernos [mexicanos] ya no son parte de la corrupción. El Estado es la corrupción” (Reforma, 9 de marzo). Guillermo del Toro, otro de nuestros cineastas que trabaja fuera, definió en Guadalajara de esta manera el “momento mexicano”: “Vivimos un hito de inseguridad, de descomposición que es histórico” (La Jornada, 10 de marzo). Un periódico, El País, resumió el estado de ánimo colectivo: “México, inmerso en una profunda crisis de confianza, ha dejado de creer en sus políticos. Y estos lo saben” (10 de marzo).

Y no es sólo un funcionario de la ONU, un escritor, dos cineastas y un diario español quienes expresan o reflejan la inconformidad ante el estado de nuestro Estado. Muestras representativas de nuestro espectro ciudadano confirman que la insatisfacción es generalizada. El año pasado el Pew Research Center (empresa encuestadora) encontró que en México el 67% de sus interrogados estaba “insatisfecho” con el estado de cosas en el país y sólo 30% se dijo “satisfecho” (http://www.pewglobal.org/2014/08/26/mexican-president-pena-nietos-ratings-slip-with-economic-reform/). Una encuesta sobre la economía nacional encontró que el 48% suponía que la situación había empeorado, el 40% que estaba igual y sólo el 8% la consideró mejor (Excélsior, 24 de noviembre, 2014).

En vísperas de su viaje a Gran Bretaña, el propio Enrique Peña Nieto debió reconocer, en una entrevista con el Financial Times, que en México domina “una sensación de incredulidad y desconfianza” que, en principio, debía obligarle a reconsiderar “a dónde nos dirigimos como nación”. Ese reconocimiento llevó a la entrevistadora a comentar a sus lectores que la propia Presidencia estaba tocada por el escándalo y que en materia de observancia de la legalidad, el World Justice Project colocó a México en el lugar 79 entre 99 países (http://www.ft.com/cms/s/0/2f8d3c84-bea1-11e4-8d9e-00144feab7de.html#axzz3ToxhOr7k).

· LA VOLUNTAD DE NO HACER LO QUE SE DEBÍA Y VICEVERSA

Obviamente hay circunstancias adversas para un país donde poco cuenta la voluntad de sus dirigentes. Un ejemplo es la caída del precio de las exportaciones petroleras. En contraste hay otras en que el daño pudo evitarse o paliarse. Por ejemplo, la petrolización de las finanzas públicas. Desde finales de los 1970, la salida fácil pero falsa al déficit externo y a la debilidad fiscal consistió en hacer producir al máximo el gran complejo petrolero Cantarell. A lo largo de siete sexenios esa explotación sin freno del gran recurso estratégico no renovable sirvió no para desarrollar al país sino para no enfrentar las causas de los grandes problemas fiscales, para aplacar al sindicalismo y ganarse a gobernadores corruptos, para hacer grandes negocios privados a expensas de Pemex, etcétera.

Otro caso de oportunidad perdida es la propia transición del autoritarismo a la democracia. Esta pudo haberse desarrollado bien si el sistema electoral que funcionó en el 2000 se hubiera perfeccionado en vez de haberse degradado como sucedió en las elecciones de 2006 y 2012. La corrupción pública es un mal añejo, pero hubiera empezado a encontrar sus límites si el grupo que llegó al poder en el 2000 hubiera hecho lo que hoy se hace en Brasil y Chile: procesar a docenas de “peces muy gordos”, incluyendo a los líderes del Senado y Cámara de Diputados de Brasilia, por ser parte de una gran red de corrupción de Petrobras o poner en prisión en Santiago a dos grandes empresarios del grupo Penta (grupo con activos por 30 mil millones de dólares). En contraste, los que derrotaron al PRI optaron por adoptar los “usos y costumbres” priistas, ensanchar las filas de los corruptos y allanar el retorno del PRI en 2012.

‘ALGO SE ESTÁ QUEBRANDO EN TODAS PARTES’

Esto dijo Del Paso citando a Pacheco. Pues bien, hay que restaurar lo quebrado. Por “el dedo de Dios” no se escribió el libreto que hoy seguimos, pero un posible nuevo guión no va a ser obra de quienes nos condujeron hasta aquí sino que debe hacerse desde la sociedad. Que tal empresa será muy difícil, ni duda, pero no hay alternativa.

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