Descenso

Por Jorge Volpi

28 de marzo de 2015

Al alcanzar los veinte mil pies, el azul adquiere una densidad grisácea, como si el aparato se internase entre arenas movedizas. Cuando las nubes se tornan impenetrables, unas gotas de sudor escurren por su frente y sus axilas. Aprieta los puños e intenta tranquilizarse: suspira y se adhiere a los controles. Las palabras -las órdenes- que flotan en el aire parecerían haber sido pronunciadas en una lengua extranjera, maorí o afgano, y no tardan en extraviarse sin que consiga recordarlas. Todo en orden, cree escuchar a continuación, aunque quizás se trate de un malentendido, una de esas frases que enuncia como mantras, noche y día, desde hace semanas. En vano. ¿Por qué una especie terrestre se empeña en rozar las alturas, envidiosa de las aves? Pese al tiempo que lleva sumido en esta incómoda rutina, nunca ha dejado de creer que su profesión tiene algo antinatural, impío, inverosímil. ¿Por qué se inscribió entonces en esta carrera? ¿Por qué se decidió a pasar todas las pruebas? ¿Y por qué se comportó como un alumno ejemplar durante cada práctica y cada trayecto previos? No sabría responderse. ¿Ambición, rutina? Y, detrás de ello, la vana idea de que en las alturas hallaría la serenidad y la paz que siempre lo eludieron. Sólo los niños pequeños sueñan con pasarse la vida en los cielos, trasladándose de un extremo a otro del planeta: su inocencia les impide comprender que una existencia así, repartida en decenas de lugares, sólo puede conducir a la falta de armonía y el desorden. Lo sobresalta un escalofrío, como si en la cabina se hubiese filtrado una ráfaga alpina o un pájaro se hubiese estrellado contra el parabrisas. Se le hielan los nudillos. Afuera, en cambio, un sol callado y seco se dispersa entre los cúmulos. Se vuelve hacia su superior, pero éste no advierte ni su frío ni sus temores. Con el rostro relajado y esa apacible indiferencia que siempre ha admirado -y envidiado-, su compañero se olvida del paisaje una vez llegado al punto en que confía la suerte de la nave a sus instrumentos. Se cruza de brazos y estornuda. ¿Otra vez la gripe?, escucha apenas. Todavía falta una hora antes de tocar tierra: una eternidad allí, al garete, cuando podría estar resguardado en casa, acostado en su cama, mirando el techo firme e inmóvil. Está claro que su compañero no ha notado su inquietud, ni siquiera esos sutiles temblores en sus dedos, porque sin más se aventura en otra de sus peroratas habituales, una anécdota que frente a una cerveza resultaría graciosa e impertinente pero que aquí, en esta soledad infinita, suena grotesca y fuera de lugar. Para su compañero éste no es sino otro trayecto de rutina, una más de las horas que se acumulan en su hoja de vida. Aspira y espira. Aspira y espira. Lentamente. Conscientemente. Está obligado a controlarse, a frenar esas ideas que lo abruman desde niño, esos pensamientos que lo desafían sin remedio. Recuerda cómo a veces, en la iglesia, ha querido insultar al pastor o blasfemar con un aullido sólo para darse cuenta de que jamás tendrá el valor de desafiar el orden y las normas. ¿Jamás? ¿No es ya una falta terrible albergar siquiera la tentación del daño o el exabrupto? ¿Pensar en la catástrofe no lo coloca en la antesala del abismo? Aspira y espira. Aspira y espira. Lentamente. Suavemente. Como si ninguna de estas imágenes lo arrinconase. Como si no se preguntase una y otra vez si no será ésta la ocasión, justo la ocasión, de sucumbir a sus delirios. ¿Es él quien medita y se atormenta o será otra voz, una voz ajena, la que resuena en sus oídos, lo impulsa y lo seduce y lo ciega? Su compañero se incorpora, le da una palmadita en el hombro -¡cómo detesta su autosuficiencia, su seguridad y sus certezas, el mero roce de su piel!- y se precipita fuera de la cabina rumbo al baño. Quedas a cargo, cree oír. ¿Una señal, una invitación? Mientras bloquea el pestiño de seguridad sabe, y a la vez no sabe, que ya no hay marcha atrás. Se aprieta el cinturón. Aspira y espira. Aspira y espira. Lentamente. Sobriamente. Cuando desliza la mano hacia el panel de control, su angustia se ha desvanecido. Se acomoda en el asiento y se reclina hacia adelante, indiferente a los ecos que se filtran desde fuera -y a las vidas de esas decenas de niños, mujeres y hombres que le han sido confiadas-, atento sólo a la neblina que se vuelca hacia sus ojos.

Galería | Esta entrada fue publicada en Resenciones y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s