Libertad relativa

Por Eduardo Caccia

28 de marzo de 2015

Uno de los beneficios que más se asocia con la democracia es la libertad. Muchos de los defectos de la incipiente democracia mexicana pasan a segundo término cuando se sopesan contra ese estado tan ansiado y valorado por el hombre desde que se dieron las primeras manifestaciones de sometimiento (natural o inducido) entre las culturas humanas.

Arrastramos en nuestra historia una serie de episodios bélicos cuyo fin ha sido obtener libertad, un estado o condición de vida que muchas veces malentendemos o idealizamos. Tengo más preguntas que respuestas en esto de cómo vivir y entender la libertad, ¿cuánta libertad equivale a felicidad?, ¿somos realmente libres en México?, ¿la democracia mexicana nos da la libertad que nos conviene?, ¿por qué otras culturas con menos libertad son más civilizadas y progresistas?

Durante mis años de autoexilio en Estados Unidos confirmé que la libertad es un gran valor de esa cultura. Irónicamente, el “Land of the free” se hace de lo opuesto a la libertad: las restricciones, esos contrapesos legales a la conducta de los individuos que establecen límites a lo que uno puede o no hacer. Para el estereotipo mexicano, los límites norteamericanos ahogan, acosan, intimidan, se percibe un exceso de regulación y la amenaza constante de la consecuencia: la aplicación de la ley. Estacionar un automóvil en una ciudad norteamericana tiene límites inconcebibles para quien está acostumbrado a la doble o triple fila, a estacionarse sobre la banqueta, bloquear una entrada ajena u obstruir una rampa para discapacitados.

La pregunta es ¿qué tipo de libertad debería tener una sociedad para desarrollarse en armonía? Ciertamente en México tenemos un exceso de libertad desde el punto de vista que mucha gente comete ilícitos y conductas que afectan la libertad y derechos de terceros, sin consecuencia para sus actos. Mi vecino puede armar una ruidosa fiesta durante toda la madrugada porque tiene el poder (la libertad) de hacerlo, en otros países esta libertad no existe.

La libertad norteamericana se hace de límites tajantes, la libertad mexicana se hace de límites negociables y subjetivos. Los límites en un régimen de libertad equivalen a lo que para los derechos son las obligaciones. Tengo tanta libertad como no afecte la de los demás. En México tenemos una libertad informe, peleamos por derechos y en nombre de éstos se cometen actos legales e ilegales, la balanza es dispar, no estamos viendo el lado de las obligaciones ni educando a las nuevas generaciones para dar en vez de exigir. La corrupción mexicana es una malformación de la libertad mexicana, un poder hacer, con total impunidad.

Un buen gobierno regula de forma efectiva la libertad para que ésta se traduzca en mejores condiciones de vida. Tener la libertad de elegir un gobernante no necesariamente implica tener libertad y mucho menos calidad de vida. Murió Lee Kuan Yew, artífice de Singapur, y la reflexión es obligada. Si a nosotros nos parece exagerada la regulación (falta de libertad) de los gringos, a ellos se les hace exagerada la de Singapur, una nación con envidiable calidad de vida e ingreso per cápita, un país ordenado, limpio, con un gobierno honesto y sanciones implacables para los infractores, cualidades que lograron sin ser un régimen democrático.

Un habitante en México vive más libertades que en Estados Unidos o Singapur; el problema es que tenemos libertad de hacer mucho de lo que no deberíamos hacer. Pero no tenemos otras libertades, no podemos caminar en las calles sin miedo, necesitamos aparentar para que los criminales no nos detecten, nuestros hijos crecen en un país que no se mueve, nuestros políticos tienen una libertad envidiable para hacer y deshacer sin consecuencias.

¿Preferirías vivir con menos libertades a cambio de un país con seguridad, menos corrupción y con futuro estable para tus hijos?, es pregunta que debería hacerse México cuando salga de su adolescencia, esa etapa bronca donde libertad es una palabra de ocho letras, una sensación endeble y relativa.

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